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Autor: Facundo Cabral
01/09/2017
ÍTACA

D

espués, antes de llegar a Itaca, Ulises vuelve a bajar a los infiernos, como el sol que desaparece bajo la tierra cada atardecer para iniciar su viaje nocturno, pero vuelve a emerger para que el viaje se aclare cerca de las islas de Galli, al norte del estrecho de Messina, pero las sirenas le entorpecen el retorno a casa, lo seducen con sus cantos para volver a bajarlo al reino de los muertos, a las sombras que lo distraen de las metas superiores donde los hombres alcanzan su verdadera estatura, donde se hacen uno con los dioses (los deseos son las peores cadenas de los hombres). 

Ahora, sin nada, como un mendigo, Ulises naufraga en Sheria, la isla de los feacios, para llegar al punto más bajo y desde ahi comenzar una nueva etapa de su viaje. Se cumple el designio: el héroe tiene que perder todas sus posesiones, tiene que vivir su soledad y la pobreza más extrema para poder volver a su país, soledad  porque tiene que andar caminos diferentes a los demás y pobreza porque nada debe tener importancia para él, nada debe distraerlo de la consciencia de su meta, fuego interior que lo hará sobrevivir, superar todos los obstáculos.

Agotado, Ulises se tiende entre dos olivos ( cuna de la sabiduría), y se cubre con hojas, pero atento como un pastor que cuida su fuego, inevitable para sobrevivir, y desde aquí todo se encamina hacia su destino: los feacios lo reciben amablemente y lo llevan, dormido, a Ítaca, a la que no reconoce cuando despierta porque está cubierta por la niebla, a la que Atenea, que es la mismísima sabiduría, levanta para que Ulises se sienta en casa, cumplida su meta, y de a poco se va acostumbrando a la luz de la isla, reconociendo cada palmo de su tierra.

Cuatro siglos después, Platón, en su mito de la caverna, dirá que la luz de la verdad es tan fuerte que el buscador tiene que adaptarse a ella lentamente.

Ahora Ulises es reconocido por Argo, su perro, por Euriclea, su ama de cría, y por Penélope, parte del alma que Ulises tiene que reconocerse, su otro yo, para estar completo, este buscador que ha vuelto al punto de partida para reiniciar un viaje eterno, pero ahora a plena luz para ver claramente a todos los obstáculos.

Homero sigue contándome este espejo del alma humana que me invita a seguir a los héroes en esta odisea donde podemos encontrar a Dios después de los horrores y al enemigo en nosotros mismos. 

El mundo es sagrado, por eso encontré lugares sagrados en todas partes, no solamente en Israel o en el Tíbet, y los encontré después de mucho caminar, lugares que solo se pueden ver con los ojos de la sabiduría, capaces de penetrar cualquier sustancia, de ver lo invisible, y esos lugares suceden espontánea, naturalmente, entonces sentimos que el centro de la verdad está en nuestro corazón, por eso ahora, en la vejez, estoy gozando la paz del retiro merecido.

Ahora estoy camino a Ítaca, largo camino lleno de aventuras, de experiencias, sin miedo al tentador canto de las sirenas ni al furioso Poseidón porque no encontraré a esos peligrosos seres en el camino si mantengo elevado a mi pensamiento. Estoy plantado en mí mismo para gozar los amaneceres naranjas y los puertos azules, los corales y el ébano de los mercados fenicios y a los sabios de las ciudades egipcias.

Sé, desde Homero, que llegar a Ítaca será cumplir con mi destino, pero voy lentamente para llegar viejo a la isla para poder apreciar más a mi conquista, llegar viejo y rico para no esperar riquezas ajenas a mi llegada a Ítaca, que provocó el viaje.

 
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