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Autor: LINDA D'AMBROSIO
04/09/2017
MÁS SOBRE EL ARTE DEL SIGLO XIX

D

esde siempre, arte e historia se imbrican para  generar unos productos que acusan las preocupaciones que han preponderado en cada época.Esos productos son el resultado  de la historia personal de sus protagonistas, de sus inquietudes y motivaciones,  pero sobre todo, son  el reflejo de los intereses de sus mecenas.

La producción pictórica venezolana de la segunda mitad del siglo XIX no es una excepción: se halla estrechamente vinculada a los procesos políticos y sociales que tenían lugar en el país para aquel entonces.


Martín Tovar en la imagen

Es en esta época en la que se retoma la actividad artística después del prolongado cese impuesto por la Guerra de IndependenciaLa plástica, que durante la Colonia había estado circunscrita casi exclusivamente a lo religioso y por ende restringida a representaciones que se ajustaban a cánones convencionales,  se extendería a nuevos temas, lo que redundaría en una mayor libertad del autor para representar cada asunto según su visión específica y no de acuerdo a normas pre-establecidas

Esta  nueva temática  incluye  representaciones de la naturaleza, influidas por  las expediciones de los viajeros naturalistas que afluyeron al continente animados por  el espíritu positivista de la época. Pero, sobre todo, incluye  el  retrato de próceres y personajes ilustres, espe¬cialmente de aquellos asociados a la guerra de Independencia ¿Por qué? Porque la exaltación del espíritu nacionalista convenía a la unificación de un país que, desde 1830 hasta 1888, se vería sacudido por  730 combates y 26 revoluciones, según señala Carmelo Vilda.

Ante esta situación, el arte se perfilaría como un recurso más para consolidar la República al cohesionar a todos los habitantes mediante la creación de un  sentimiento de pertenencia al país y de orgullo patrio.

En este marco florece la épica: la pintura de batallas se torna género favorito auspiciado por el gobierno, principal comitente de las obras de arte en aquel entonces, cuyos propósitos, según González Arnal, debían ser la propaganda política, el registro de los  hechos a modo de fotografía documental y la exaltación de los valores de la identidad

En este contexto es que emerge la figura de Ramón de la Plaza, quien identificado con los valores academicistas que se adaptaban perfectamente a  estos propósitos de raigam¬bre romántica (la exaltación de la patria, la milicia, el héroe, el nacionalismo)  se convierte en el personaje ideal para conducir los asuntos de Bellas Artes durante los regímenes guzmancista y alcantarista, convirtiéndose en el defensor de unos valores cuya difusión convenía a la pervivencia del sistema político establecido. No solo se trata de los contenidos de la obra de arte, sino también de la forma de representar los sucesos.

La favorable crítica que efectúa de la Plaza acerca de la obra de Martín Tovar y Tovar El juramento de la Independencia (1883) trasluce un concepto de la obra de arte como producto perdurable ("De muy antes el artista acariciaba la idea de legar a la posteridad una obra...") y su descripción del cuadro, que hace referencia a las cincuenta y tres figuras presentes en el lienzo, elogia la actitud de los personajes, la verosimilitud de los movimientos y el colorido, la adecuada valorización y la corrección del dibujo, rasgos que son los tomados en cuenta para juzgar la calidad del cuadro.

El deseo de la gloria debió de impulsar a muchos a centrarse en los patrones de Ramón de la Plaza, esperando verse exaltados por sus apreciaciones críticas; mientras que, quizás, otros talentos permanecieron ignorados por obrar de acuerdo con las tendencias revolucionarias.

 
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