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Autor: Jesús Alberto Gil
20/11/2017
CÁDIZ EN MIS SENTIDOS

A

rdua tarea es resumir cinco días de un viaje a Cádiz, San Fernando y Puerto de santa María sin que resulte aburrido y prolijo en exceso. ¿Más qué decir?

Siento, sentimos Elena y yo,  el viento cuando piso la calle, avenida Ramón de Carranza,  tras salir de la estación de tren en que llego la mañana del  9 de noviembre. El viento me trae susurros de Arte en mayúsculas y sonidos de ceceos dulces. El olor sabe a humedad de mar y perfume de Historia.

Sabemos que el hotel Senator pilla cerca. No tenemos prisa, vamos caminando. Primera aventura: quien nos ayude viene en nuestro tren y va a nuestro hotel.

Tomamos posesión de la habitación y la entrada en la que el agua suena y las plantas decorativas entre columnas nos abrazan. Es hora de buscar un lugar para comer antes de que dé comienzo la primera de las visitas concertadas con Cicerones gaditanos.

A La gorda nos llevan, típico bar de comidas con sabor a llaneza y gracia. ¿Cómo? ¿Quién? Dos trabajadores que se dedican a montar exposiciones de pintura van para allá y nos ofrecen comer con ellos. Por la tarde volveremos a encontrarlos cuando pasemos por el Consulado argentino. Los primeros sabores se abren paso en el paladar, adobos y miel... una tentadora tarta de zanahoria que nos ayude a ver mejor.

En tres partes -jueves tarde y viernes mañana y tarde- Fernando nos explicará los avatares de la Gades milenaria y constitucional, de la Cádiz de los piratas y comerciantes: plaza de España, Mina, de Las flores, san Juan de Dios, san Antonio, Palilleros; calle Ancha, San Francisco, Palma, Columela; la antigua Tabacalera, la catedral, el teatro Falla, el de títeres de la tía Norica, la Torre Tavira, los palacios como el de Aramburu o el de las Cadenas; las esculturas de la Cigarrera o la Pepa, los bustos de José María Pemán, Rubén Darío, Lucio Columela, Emilio Castelar; el Cádiz oculto entre las cuevas de María Moco, la Casa cuna, el Hospital de mujeres, los conventos; Casa Manteca, Confitería El pópulo, Café Royalti; y sí, no se me olvida... la Caleta, la Alameda Apodaca  y el Parque genovés.

Leyendas que hablan de un diputado a Cortes del 12 que señala una pista hacia un tesoro, otro tesoro, el que se descubriera en las salinas, perteneciente al Defensor de Pedro, amasado por el terrible Benito Soto que diera para que Espronceda le cantara al Pirata y el Tío de la tiza hiciera de los duros, chirigota o la historia del hombre pez de Liérganes y el milagro de la Virgen de la Palma cuando el terremoto de Lisboa en 1755. Qué sé yo.

A la isla de San Fernando vamos, no un ratito a pie y otro andando jejejej, no. Nos acercamos al Panteón de marinos ilustres y la Escuela de Infantería para, después de pasar por el monumento a la locomotora de la Azucarera, nos dirijamos a la calle Real por la que pasearemos hasta la Iglesia Mayor y el Real Teatro de las Cortes para acabar tocando el monumento a Camarón, junto a la Venta Vargas,  y parando ante el Observatorio de la Armada donde se fija la hora oficial. ¿Y la "Fuente del coño"? Jajajajajaja. Una fuente oxidada que todo el que la ve se pregunta "¿qué coño es esto?" Así que...

Y al Puerto de Santa María, sí sí. Sus famosas bodegas, su castillo de San Marcos con el busto de Alfonso X y el del marino Juan de la Cosa con su mapa, la Iglesia Prioral, la Casa de Rafael Alberti y la Ribera del marisco. Ahí es nada. Un vaporcito que se undió de nombre Adriano o su plaza de toros del siglo XIX con sus monumentos al toro y al torero.
Y de los lugares a las sensaciones de los sentidos:

El oído se hace música con el acento de los lugareños -ese padre que habla con su niño mientras viajamos en el cercanías a San Fernando es la esencia, pero también la música que suena a partir del Festival que están celebrando y que nos deparará un soberbio concierto coral de temas inéditos en la catedral y la banda de pasodobles en San Juan de Dios. Ah, y el carrillón del Ayuntamiento al son de Falla- “el reloj que más Falla de la ciudad” nos dice alguien con su humor gaditano.

El tacto que se sacia al tocar la piedra ostionera con sus conchitas marinas y todo, preciosas esculturas como la de la cigarrera o el marisquero, y ese señorial roble de la Alameda.
El gusto que se extasía ante los sabores del pescadito, su vino blanco  y la dulzura de sus postres. Descubrimos la urta y los camarones, el cazón y las puntillitas. Nos quedamos con Tierra Blanca de las bodegas Páez Morillas. Y la rematamos con los alfajores y el Pan de Cádiz de la confitería Pópolo.

El olfato se fija en las freidurías de pescado, la de la Plaza de las Flores la que más, el olor a viejo en sus callejas y cuevas o al nuevo de las muchachas que se van de juerga calle San Francisco adelante.

¿Y la vista? Jajajajaj. Alzo la vista al horizonte queriendo capturar el cielo azul del Puerto o el blanco colonial de los palacios, balaustradas y casonas.

Aunque de los sentidos, el que mayor sentido da al viaje son los encuentros con personas fantásticas. Desde Inma y Fernando que se nos prestan como cicerones llevándonos brazo a brazo por los lugares hasta Pepe y Amalia que comparten la tarde del domingo entre literatura y bromas pasando por el reencuentro con Mónica, que fuera mi reparadora de piernas después de volver del Camino de Santiago y con la que el tiempo no pasa si no que perdura eterno.

Esa voluntaria que nos ayuda a acceder a la catedral y que resulta que ejerce de tal en Badajoz con una señora a la que conocemos. Y la guinda de todos ellos, Alberto y Marina que, en vez de seguir su destino a Jerez se desvían para llevarnos a Casa Manteca siendo nuestros ojos y ya para siempre acreedores de mi gratitud sin par. Y ese alcalde que a la puerta de un bar se detiene para besarle la mano a Elena y escuchar mi arenga en pro de la accesibilidad. Cuantos nos ayudaron a pasear y a llegar y a disfrutar también fueron el sentido de mis sentidos.

El hotel disponía de SPA así que nos atrevimos a pedir usarlo. No era fácil moverse entre las distintas piscinas pero lo hicimos como también hicimos lo demás… con ilusión, paciencia, determinación y constancia. Por cierto, ya me cuidé muy mucho de poner las manos siempre en el borde de las piscinas o en la barandilla no fuera a ser que se me fueran a “curvilear” entre las señoras que haberlas, habíalas. 

Difícil era volver al hotel después de que Alberto y Marina se fueran pero lo hicimos. Y eso que no éramos Pulgarcitos que van dejando migas de pan, que para eso estaban los trabajadores de un crucero brasileño con los que nos encontramos o los productores de una serie para la televisión colombiana, unos y otros que hacían escala esos días y puede que fueran en busca de brujas o de descanso, quién sabe. Y quisimos quedarnos a comer en el Puerto para que Elena se reencontrara con su antigua compi de curso de telefonía, allá por la otra vida y, caprichosos nosotros, no nos resignamos a quedarnos en el ruidoso restaurante en que nos dejaron Fernando e Inma si no que, otra vez al azar, preguntamos a una pareja que nos aconsejó y, más aún, llamaron por nosotros para que nos reservaran sobre la marcha una mesa en la Venta Feria, la reina de los arroces, en la que degustar una estupenda paella limpita, tanto que llaman ciega jajajaja. Ya se sabe… paella y ciega, pa mí y limpita… ¿la paella o…? jajajajaja.

Ah, nuestra amiga Siri. Los marineros del crucero buscan en el mapa la calle que queremos pero Elena se adelanta y le pregunta. “Yo quiero una cosa como ésa” dirá el sufrido grumete; buscamos direcciones de sitios donde alegrarnos el paladar y Siri nos ilustra vía Google Maps… 

Nos sobran los motivos para volver porque Cádiz nos roba un poquito de nuestro corazón. Lo vivido ha sido mágico. Frente al rechazo de los del Corte Inglés, la aceptación de las gentes gaditanas. El voto de la utopía, sí: viajar sin ver. 

Habremos de regresar para entrar en los lugares o perdernos, esta vez por el barrio de Santa María. A lo mejor, es allí donde encontraremos a los espías que se extraviaron en los tablaos flamencos durante la Segunda Guerra Mundial. Volveremos a tocar al marisquero, esa vez en persona y no en piedra, y regresaremos al Royalti para cenar como ilustres diputados a Cortes.

 
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