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Autor: Jesús Alberto Gil
04/01/2018
LA VIEJA ESCRIBANÍA

A

na, como siempre, busca entre los cachivaches de allá por donde viaja algún mueble abandonado del tiempo. No puede rehuir la pasión que despierta en ella descubrir muebles viejos. Se pregunta por su pasado, se entusiasma con su futuro. Los restaura con primor, los salva del olvido, huele las tablas porque sabe desenmascarar los olores del uso o el abandono para encontrar las esencias de lo que fueron. Acaricia las arrugas de sillas y mesas, casi siente su sabor.

Ana debería ser anticuaria y regentar una afamada tienda para los sibaritas de la madera y la forja, pero eso sería como poner en venta el amor. Es profesora de instituto.

Esta tarde no es la excepción a su, manía, dicen; a su pasión, dice. El mercadillo de playa no augura que vaya a encontrarse con tesoro alguno. Lo que debería hacer es tomarse una cerveza en alguna de las terrazas del paseo marítimo o lucir sus, aún tentadoras formas, al sol mañanero del Cantábrico. Pero no, decide dejar a sus compañeros de viaje para que exploren calas y chiringuitos mientras ella lo hace con los puestos en la plaza del pueblo, aprovechando que es día de mercado.

Así, camino de abalorios y camisetas mil, junto a hortalizas y frutas de interior, llega a una esquina de la calle, rinconera de la plaza. Allí, una anciana y, puede que su hijo, venden trastos viejos. Un batiburrillo de cosas sin más. Se fija en los vendedores. No aparentan ser genios del comercio. Se les ve desaliñado y en posición resignada. Es ahí, bien lo sabe Ana, donde se suelen encontrar las gangas para su pasión.

Rebusca, aparta, hurga. Y ahí está.

Una escribanía con su tapa y su correa para transportarla. Tendrá que emplearse a fondo para resucitarla, pero lo hará.-Señorita, ¿le interesa? Es un mueble con mucha historia.

-No creo. No me convence.

-Llévesela, la vendemos por muy poco. Lo justo para no perder. Viene de un antepasado que fue escribano en la ciudad antes de emigrar a la Argentina. Si levanta la tapa verá que aún tiene su tintero y todo.

Ana no quiere mostrar sus cartas. Sabe que se la va a llevar, pero quiere escuchar aquello que tenga que decirle la anciana. Tiene que callar al charlatán del hijo para que hable la anciana.

-No sé, hija. Deberíamos tirarla a la basura, pero somos tan pobres…. Mi padre me contó que su dueño, el tío Cosme, poco antes de marchar de Oviedo, se la dejó en prenda para cuando volviese, nunca lo hizo, nunca supimos si triunfó o fracasó y esto quedó como ahora la ve. Puede que yo tampoco diera nada por ella. Y, sin embargo, la madera es buena y los dibujos de la tapa, curiosos.

Sí, la tapa, con estrellas puestas de manera formal, a modo de filigrana. Ana se acostumbra a su tacto y peso. Siente la tentación de abrirla, pero resiste. Cuando esté sola la examinará a conciencia y le preguntará por sus secretos. ¿Por qué no la tiró su dueño? ¿Qué significa la disposición de las estrellas? ¿Qué contendrá en su interior? Seguramente un tintero desportillado y algún recado de escribir, pero… ¿y si escondiera algo más?

Cuando la toque, palmo a palmo, aparte de aprender sus rugosidades y vetas, encontrará, doblada en pequeños pliegues, una carta. Quiere leerla y al hacerlo, algo se removerá en su interior. La abuela de Ana también fue de Oviedo… ¿y Cosme? ¿Por qué su abuela se empeñó tanto en bautizar al mayor de sus hijos con semejante nombre?

 
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