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Autor: LINDA D'AMBROSIO
15/01/2018
MAR CRUEL

Y

o crecí en una casa que, contra todas las tendencias de la época, estaba pintada de rosado. Se estilaban entonces las fachadas blancas, rodeadas de vegetación, pero la mía no era así.

Se trataba de un guiño que hacía mi abuela al lugar en el que había transcurrido gran parte de su vida, Curazao, en donde se acostumbraba que ciertas familias pintaran sus viviendas de ese color.

Mi bisabuelo, un comerciante zuliano que, iluminado por una inteligencia portentosa, se había forjado a sí mismo con gran esfuerzo, asumió la crianza de sus numerosos hijos dentro de ciertas pautas, entre las que se contaba propiciar que estudiaran en el extranjero. Brindó también esa oportunidad a sus hijas, lo que constituía todo un hito en el marco del siglo XIX, en el que no era frecuente que las mujeres cursaran estudios formales en una institución. Con este propósito Rosario, mi abuela, y su hermana Helvia, fueron enviadas a Welgelegen, un internado holandés situado en Curazao.

El tránsito entre Venezuela y la isla era algo común. No en vano hablaba el poeta de “los tres dientes perdidos de la patria” refiriéndose a las tres Antillas que, en razón de su proximidad, debían según él pertenecer a nuestro país.

Durante uno de los trayectos entre Maracaibo y Curazao, mi abuela perdió a su primogénito, un bebé que enfermó durante la travesía y falleció poco antes de llegar a destino. Permanece enterrado allí: cuando mi abuelo quiso repatriar el cadáver, a mi abuela le pareció complicado e innecesario, y adujo que era indiferente el lugar en que le dieran sepultura, pues igual se reencontrarían con él el día del Juicio Final. Bautizando a su siguiente hija con el simbólico nombre de Aurora, dio por superado el episodio y comenzó una nueva etapa, de forma similar a como lo hace el día cuando adviene la luz.

Yo crecí escuchando estas historias, y a temprana edad descubrí que el nombre de la isla respondía al hecho de que tenía forma de corazón -coração, en portugués- pues fue refugio de numerosos judíos sefardíes alrededor de 1600, la mayoría de los cuales provenía del Brasil. Ello explica también la semejanza del papiamento con la lengua portuguesa.

En mi memoria perviven los aromas y los colores del mercado flotante de Willemstad. Esa huella afectiva es tan profunda, que algunos párrafos de mi novela están dedicados al lugar. Ya en mayo del año pasado el diario español La Vanguardia refería las afirmaciones de una guía turística de la isla: “Estos hombres tratan de vender sus productos, es mercancía legal, y este mercado flotante por más de 80 años les ha brindado ese apoyo”, sostuvo. Explicó que por el clima es necesario importar mucho de los productos agrícolas, ya que en la isla no llueve demasiado durante la temporada húmeda, que comprende de octubre hasta marzo”.

Pero una sombra se ha interpuesto entre mi presente y mis recuerdos. ¡Mar cruel! quisiera apostrofar al océano, parafraseando a Nicholas Monsarrat. Sin embargo, no es el extenso azul el culpable. Crueles son las circunstancias. Crueles son los hombres que permiten que pase; los que se aprovechan de las condiciones y de la desesperación de otros; los que inescrupulosamente trafican con bienes y personas.

El nombre de la isla, otrora sinónimo de bonanza y leyendas para mí, hoy resuena lúgubre, y me confronta con una realidad durísima, muy próxima a la de los balseros cubanos y a la de las pateras de Tarifa.Y uno se pregunta: ¿Qué buscan aquellos que se aventuran en la mar? ¿Qué vale tanto como para poner la vida en riesgo? Y habrá que responder junto con Lope de Vega: “quien lo probó, lo sabe”.

 
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