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Autor: LINDA D'AMBROSIO
30/01/2018
LECCIÓN DE CATECISMO

E

stoy firmemente convencida de que en el origen de muchas de las premisas que obedecemos y divulgamos por tradición es posible encontrar el más puro sentido común. A veces la razón de que se instituyeran estas normas podría haber perdido vigencia, pero seguramente al principio  respondían a  las necesidades más evidentes.

Al escribir estas líneas, acude a mi memoria la anécdota de doña Eugenia de Montijo quien, viviendo en el Palacio de las Tullerías, se admiró de que invariablemente hubiera un soldado de guardia junto a uno de los bancos del jardín. Cuando indagó las razones que justificaban la presencia del vigilante en ese lugar descubrió que, cuarenta años antes, Napoleón I había dado orden de que se apostara alguien allí con el objeto de prevenir que Josefina u otra de sus doncellas se mancharan la ropa con la pintura que acababa de ser aplicada al banco.

Nadie, a lo largo de ese tiempo, había anulado el mandato, por lo que día tras día un soldado era enviado al jardín a vigilar innecesariamente el asiento. La razón de la guardia había desaparecido, pero la práctica había continuado.

Por el contrario, hay prácticas que conservan la más absoluta vigencia porque  descansan sobre cuestiones evidentes. Tal es el caso de algunos preceptos del Catecismo: puede que usted sea o no creyente; puede que esté de acuerdo o no con ciertas pautas, pero tendrá que convenir por fuerza en la lógica aplastante sobre la que se edifican algunas de sus convenciones.

Desearía referirme, concretamente, al propósito de enmienda. El catecismo plantea que, para hacerse acreedor del perdón, es preciso atravesar por cuatro simples pasos: el examen de conciencia, mediante el cual el sujeto identifica lo que ha hecho mal; el dolor de los pecados, esto es, el malestar que trae consigo el haber causado un daño, enlazado al arrepentimiento y la culpa; la confesión, que es la verbalización de ese malestar y que permite asumir que, voluntariamente o no, conscientemente o no, hemos ocasionado algún sufrimiento y, finalmente, la penitencia, reparar el daño, compensar de algún modo el sufrimiento que hemos causado.

Que alguien me diga que en la vida real no ocurre así. Es absurdo esperar resultados diferentes si insistimos en comportarnos de la misma manera. Cuando surge el conflicto, y hay sincero interés por resolverlo, es preciso detenerse e identificar las causas. Reconocer lo que hemos hecho mal es el punto de partida para generar un cambio.

Verbalizar nuestro malestar, incluso nuestras dudas, inspira sin duda confianza, pone de manifiesto la grandeza del  hablante, comprometido en la empresa de crecer y de mejorar sus relaciones con el mundo, y mitiga la pena del interlocutor, que recupera de inmediato su dignidad, otrora pisoteada.

El remordimiento, por sí solo, no borra el pecado. Jesús (Jn. 8,11) advierte a la pecadora: “Vete, y no peques más”.Lo pasado, pasó. Ya no hay remedio. No es posible volver atrás y cambiar los hechos. Pero sí es posible construir el futuro, si se hace efectivo un cambio en nuestro comportamiento en lugar de persistir en las mismas conductas, lo cual, dicho sea de paso, evidencia que ni hemos comprendido el problema ni tenemos interés en las consecuencias que nuestros actos surten  sobre los otros.

Y para qué negar la responsabilidad de quienes dócilmente se acomodan a ciertas situaciones perpetuándolas: son cómplices.

Será preciso estar atento a confesiones que no responden a un sincero deseo de cambio, que desembocan en las mismas tristes recetas, en las mismas pantomimas y que, a no dudarlo, producirán los mismos resultados.

 
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