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Autor: LINDA D'AMBROSIO
03/09/2018
BANCOS DE TIEMPO

L

os bancos de tiempo son grupos de personas, cada una de las cuales está dispuesta a prestar un servicio... El saldo de estas cuentas bancarias se mide en horas de trabajo realizado.

En los últimos meses, una serie de situaciones anómalas se ha registrado en torno a nuestra moneda. La escasez de efectivo ha ocasionado que las personas estén dispuestas a pagar por un billete más de lo que indica su denominación, ha favorecido el incremento del número de transacciones que se efectúan a través de tarjetas y transferencias y ha desembocado, finalmente, en el uso de otros bienes como valor de cambio, una alternativa, esta última, que contribuye además a paliar la escasez de determinados productos. 

Sin eximir de sus responsabilidades a quien corresponda, lo cierto es que la situación impone desarrollar estrategias para sobrevivir, restando importancia al dinero en un contexto que, además, está signado por la carestía. 

Los bancos de tiempo se perfilan como una opción muy positiva en diversos niveles, pues no solo permiten acceder a servicios que tal vez de otra manera no podríamos pagar, sino que parten de premisas tan edificantes como que todo ser humano tiene algo valioso que ofrecer a los demás. En paralelo, facilitan la creación de redes y permite que cada quien ponga en luz sus capacidades y competencias, lo cual incrementa las posibilidades de que sea contratado y redunda en una mayor autoestima y solidaridad. 

Los bancos de tiempo son grupos de personas, cada una de las cuales está dispuesta a prestar un servicio. El saldo de estas inusuales cuentas bancarias se mide en horas de trabajo realizado, que se acumulan para “comprar” los servicios de otros participantes. A su vez, este saldo disminuye por cada hora de servicios que recibimos.

La cuenta debe propender a cero, buscando el equilibrio entre las horas de servicios que prestamos y aquellos que recibimos. Obviamente, siempre habrá rubros con mayor demanda. 

Estos grupos, que pueden crearse como iniciativas privadas, pueden también estar auspiciados por organismos oficiales. De hecho, el Ayuntamiento de Madrid, por ejemplo, tiene uno, en cuya página web se mencionan algunos de los servicios que pueden intercambiarse: atención a las personas (llevar niños al colegio, cuidar a mayores o acompañarlos al médico, realizar encargos o gestiones); cuidado del cuerpo y de la salud (masajes, relajación, cuidado del cabello, maquillaje); tareas domésticas (cocinar, hacer la compra, reparaciones del hogar, cuidado de animales y plantas); informática (trabajos en computadora, enseñanza) e idiomas (traducciones, conversación) y clases particulares. Son actividades que todos hemos realizado alguna vez desinteresadamente pero que, en el marco de un banco de tiempo, reciben su justa valoración y garantizan la reciprocidad y la equitatividad de la ayuda, de modo que nadie quede en situación de privilegio.

Aunque esta idea parezca novedosa, hay constancia de un antecedente en el siglo XIX: entre 1827 y 1830 operó la Tienda de tiempo de Cincinnati, un experimento realizado por un anarquista, Josiah Warren, quien consideraba que no era ético sobrecargar el precio de un producto para obtener beneficios por las ventas, más allá de su costo de producción, que medía en términos de tiempo (horas) de trabajo necesario para producirlo. En la tienda, los consumidores podían comprar bienes con notas de trabajo en las que se comprometían a pagar con horas de servicio aquello que estaban adquiriendo. 

No hay que simplificar: las soluciones han de provenir de un eficiente diagnóstico de las causas que originan el trance por el que atravesamos. Pero, mientras tanto, es posible crear acuerdos que nos permitan favorecernos recíprocamente y suplir nuestros requerimientos dentro de un marco de equidad y respeto. 

 
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