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Autor: Isaura Díaz Figueiredo
30/10/2018
PRISIONERA DE MIS RECUERDOS III

D

ebajo de la ventana principal tras la cual había muerto abuela hace cuarenta años, los abejorros zumban borrachos del perfume otoñal. Es diez de septiembre, los días desprende pesadumbre.

—Comprendes que estábamos sentados sobre el barco de un naufragio.

—Soltó un suspiro, se puso de pie y entro en casa.

—No te quedarás mucho tiempo ¿Verdad?

—No, —respondo— solamente sincerarme con la casa y vosotros.

—Recuerdo la cantidad de dinero que me robaste, no vengas por dinero, no queda nada

— ¿De quién habla y por qué guarda los objetos de valor?

— Puedo saber lo qué piensas Isabel Fue él quien robo mis tierras, casa,…todo ¿esa es la verdad?

—Suena lejana su voz

— Llevaba el vestido color violeta, fue emocionante—entre brumas se diluye.

— Impaciente, azogada subo a su cuarto, busco en los armarios su vestido lila, allí oliendo a naftalina, cubierto con un retal transparente, duerme decido ponerlo. Abuela me devuelve al pasado, a la intemporalidad. El jardín está lleno de gente, el abuelo llega después de larga ausencia, salimos a recibirlo, son momentos de tensión en sus rostros.

—El tiempo pasado te hace esclavo, rehén. Tendemos a recordar el pasado con la imagen de un bello detalle, pero no siempre es así la realidad que cubrimos con tenue velo de felicidad Isabel. 

—Han Transcurrido décadas de su fallecimiento, escucho las palabras de antaño, ahora dan sentido a mi vida.Las paredes mantienen retratos de generaciones, pintados bajo fondos azules, rosados y grises, tatarabuelos, abuelos, algunos deben ser importantes invitados, vestidos con sus mejores galas, me miran con ojos vidriosos.

Sus rostros muestran personas tranquilas serenas, las señoras ataviadas con gasas, plumas o diademas, labios lujuriosos remarcados. Los caballeros traje negro,  muestran amplios bigotes engominados. Quise ver que creían en la palabra, en el honor, si sufrían guardaban el dolor en silencio.

Al final de pasillo, reconocí a nuestra institutriz, vestida  de negro, y en su mano derecha el manguito de piel.

— ¿Busca algo?

—Sí— ¿Miraba los cuadros?

—Si 

—Nada había cambiado

—He de encender la chimenea.

—Al lado hay troncos resecos

—Aquí a finales de verano ya es preciso encender el fuego, el aire es frio y todo se llena de vaho y la señora siempre…

—No comprendo el final de la frase.

—Todo recobra sentido, cada uno sigue manteniendo su papelLa anciana criada me mira seria, el rostro lleno de surcos, la cofia blanca almidonada oculta el pelo níveo recogido en tirante moño

— ¿Por qué has vuelto?

—Para saber la verdad

—La verdad ya la sabes, la conoces lo qué dicen, y eso es lo que importaPuede si sigues aquí, que te quedes tirada en la camino, como un perro sarnoso, puede que te estrelles contra el muro por traspasar el umbral de los que ya nadie nos molesta.  

—Claro— respondo 

—Lo único que ya no hacemos es tratos con el mundo, eso aniquilaría el misterio, todo nos resulta indiferente, regatear con los vivos… ya lo hicimos. 

— ¿Me has querido? 

—Mucho, pero más a tu madre, ella quiso ver amor en quien no le convenía

—Tú padre

—Yo que no era más que una criada, no esperaba ningún galardón, y  me cupo el honor de ser su íntima amiga, el refugio  

—Voy a mirar el fuego, la señora pronto vendrá de su paseo. 

—Noto que el temblor de su voz delata emoción.  

—No creas que me emociono, ahora veo todo desde la lejanía partir de ahora choques con mil preguntas sin respuesta. Pero lo peor hubiera sido que no lo intentaras que guardaras dentro de ti las emociones que produce la soledad en el alma

—Totalmente de acuerdo con usted Mariela

—Porque así se sigue llamando

—Por supuesto, cambiamos la vejez por la juventud, los achaques por la vitalidad, nunca desaparecemos, y nuestro nombre es eterno

Espera ya que ha vuelto ¿Has estado con tu abuela?

—Sí, la deje canturreando en el salón, arrullando algo entre sus manos

—El ultimo hijo, su último hijo, un niño precioso, rubio de ojos verdes y pelo rizado, pero… lo llevaron los malditos.

Sabes que ella tiene un cuaderno al que llama “El libro de la verdad” 

—No ¿Dónde se oculta?

—Espera, la memoria a veces falla, se turbia, sé nubla

—No conviene esperar el mañana

—Respondo

— ¿Y sabes muchas cosas Mariela?

—Si

— Reconoce sonriendo

—Es mi deber

— ¿Te quedarás conmigo? 

—No

—Respondo tranquila

— Solo deseo que me entregue el libro y marcharé. Ladea a cabeza y mira el opaco amarillo de la lámpara de  mesa

— ¡Toma Isabel!, cuando lo leas no juzgues, mira el fondo del alma, siempre encontrarás algún motivo para perdonar.  

Miles de recuerdos que golpeaban la cabeza por fin encontraron solución, rota la red que los aprisionaba, ahora son igual a mariposas aturdidas, pero libres y mucho más hermosas. 

 
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