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Autor: LINDA D'AMBROSIO
31/12/2018
LA LOABLE ASPIRACIÓN DE CAMBIAR EL MUNDO

C

ada pequeño logro constituye una recompensa que incide en que nos sintamos capaces de hacer cosas y nos estimula a continuar.

Recuerdo la irritación con que escuchaba a mi madre sentenciar -sabia al fin- que si uno no podía cambiar las cosas, podía cambiarse a sí mismo. Percibía entonces esa aseveración como el no va más del conformismo. ¿Era yo la que tenía que ceder? ¿Era yo la que tenía que renunciar y darse por vencida? ¡Jamás! Eso resultaba inconcebible desde la rebeldía de mi furor adolescente. 

Hoy comprendo que una de las habilidades más útiles para sobrevivir es la adaptación. Ya lo decía Darwin. Pero no funciona solamente a nivel biológico; también Jung aseguraba: “Aquello a lo que te resistes, persiste. Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma”. 

Es tan sencillo como que la realidad nos da pistas acerca de lo que estamos haciendo bien y lo que no. El hecho de que una situación se repita de manera reiterada nos invita a plantearnos cuál es nuestra cuota de responsabilidad en que ello ocurra, dándonos la oportunidad de cambiar lo que hacemos y de obtener otros resultados. 


Linda Dambrosio, feliz autora de este bello relato

A estas alturas, interpreto lo que mi madre afirmaba de otra manera: no se trataba de un forcejeo, de un pulso entre una realidad a la que había que domeñar y nuestras aspiraciones. Creo que tiene que ver, más bien, con la forma de abordar la realidad. En psicología se habla de locus de control, que no es más que la percepción subjetiva que tiene una persona acerca de si tiene la posibilidad o no de influir en los acontecimientos que conforman su vida. El locus de control externo supone que la persona es un ente más o menos pasivo a merced de las circunstancias; el locus de control interno supone en cambio tomar las riendas y hacerse cargo de una situación para conducirla en la dirección más favorable para uno. 

Y a esto es a lo que quiero referirme: si bien está claro que la frustración es algo natural y hasta sano (desconfío de ciertas reacciones excesivamente ecuánimes y de los gurús que aseveran que sufrir o no es una decisión) lo que sí es cierto es que tenemos la capacidad de decidir qué hacer ante una u otra circunstancia. Y que en la medida en que estemos eligiendo nosotros lo que vamos a hacer, eso nos empodera (otro término muy de moda en estos tiempos), nos acerca a nuestras metas, quizá por otros derroteros que no son los que teníamos previstos, pero quizá con ventajas y aprendizajes también inesperados. 

Probablemente yo fuera la única que desconocía la importancia trascendental que reviste el gesto de tender la cama para la supervivencia del planeta. Llego de última a esa información. Hasta un señor muy importante, William Harry McRaven, estructuró el discurso que dirigiría en su graduación a los estudiantes de la universidad de Texas, de la cual era rector, en torno a este sencillo hábito: “Si quieres cambiar el mundo, comienza por tender tu cama”. El fundamento de esta idea es simple: “Si tiendes tu cama en la mañana habrás completado tu primera tarea del día. Esto te dará una pequeña sensación de orgullo y te motivará a realizar otra”. Es así: cada pequeño logro constituye una recompensa que incide en que nos sintamos capaces de hacer cosas y nos estimula a continuar. 

Aunque en realidad es conveniente que la cama se oree, la idea sigue siendo válida: así como empezar el día con una disposición de ánimo positiva influye en los demás eventos que se encadenan a continuación, enfrentar este nuevo año con la mejor actitud, en un contexto que todos sabemos complicado, puede hacer la diferencia, si reconocemos un triunfo en cada pequeño logro, celebrándolo y agradeciéndolo, y sabiendo que, aunque no podamos cambiar las cosas, siempre podemos cambiarnos a nosotros mismos. 

 
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