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Autor: LINDA D'AMBROSIO
23/07/2019
CHARING CROSS ROAD

H

aring era una aldea que se levantaba en la zona, vinculada hoy en día de diversas maneras a la literatura. Había en ella una posada, La Cruz de Oro, que Dickens menciona en varias de sus obras. 

A mi paso por Londres, y supongo que como centenares de viajeros, no he querido dejar de visitar la calle de Charing Cross.

En la cercana estación de trenes que lleva el mismo nombre, se erige la réplica de una de las Cruces de Leonor, uno de los doce monumentos que el rey Eduardo I ordenó construir en 1290 para señalar cada uno de los puntos en que había reposado el féretro de su amada esposa, Leonor de Castilla, durante su traslado desde Harby hasta la Abadía de Westminster, en la que fue enterrada. 

La cruz original fue destruida por los puritanos a mediados del siglo XVII, y en su lugar se emplazó una estatua ecuestre de Carlos I. Solo en 1863 se repuso el monumento, esta vez a la salida de la estación a la que confiere la mitad de su nombre: Cross. La otra mitad, Charing, parece recordar fonéticamente la expresión de “Chère Reine”, que en francés significa “querida reina”. ¿Leyenda? 

Como quiera que sea, Charing era una aldea que se levantaba en la zona, vinculada hoy en día de diversas maneras a la literatura. Había en ella una posada, La Cruz de Oro, que Dickens menciona en varias de sus obras. Es también allí que ubica Rowling El Caldero Chorreante, la taberna que fungía de puerta entre el mundo no mágico y el Callejón Diagon en los libros de Harry Potter. Pero, sobre todo, es la zona de Londres en que se concentran tradicionalmente las librerías, en particular las de segunda mano. 

En el número 84 de la calle, en donde actualmente funciona un restaurant, se encontraba una de estas librerías, Marks & Co, a la que solía recurrir la conocida escritora y guionista de televisión Helen Hanff, establecida en Nueva York, para adquirir ediciones poco comunes de obras de la literatura británica. 


Nuestra compañera Linda Dambrosio

Durante más de 20 años Hanff y Frank Doel, el encargado de la tienda, intercambiaron las cartas que constituyen el núcleo del libro 84, Charing Cross Road, publicado por primera vez en 1970, y adaptado posteriormente para realizar una obra de teatro y una película protagonizada por Anne Bancroft y Anthony Hopkins. 

Doel murió en diciembre de 1968, sin llegar a encontrarse nunca con Hanff, quien por diversas razones aplazaba su viaje, realizado finalmente en 1971, cuando ya la librería había cerrado y se encontraba vacía. No obstante, entre la escritora y el personal del establecimiento se consolidaron profundos lazos de amistad que prosiguieron tras la muerte de Doel, con cuya familia continuó escribiéndose Hanff. 

Mi visita a Charing Cross Road es una especie de tributo, la peregrinación a un lugar icónico en el que rendir homenaje a todos los que conozco y todavía no he podido abrazar, y a los que abracé tras años de correspondencia. Porque hay que ver lo profundo que puede llegar a ser el afecto a través de la distancia. Tal vez es porque, como dice mi amiga Elizabeth Rastvorov, en la vida real conoces a la gente de afuera para adentro, mientras que en la distancia conoces la gente de adentro para afuera: lo último que descubres es “el envoltorio”, el cuerpo habitado por esa alma que hasta entonces era solo tangible a través de las palabras. La distancia tiene eso: no hay relación en el silencio, e involucra el esfuerzo de dar de sí, de efectuar un acto de introspección y poner en común los hallazgos resultantes con el otro. 

Recorro la vía y me detengo en el número 72, en donde opera desde 1855 Francis Edwars, una casa de libros antiguos. Es el lugar escogido por alguien que conoce la historia para mostrarme una calle que me sé de memoria aun antes de visitarla. Me hago la foto allí, evoco mis afectos y celebro la fortuna de no depender de mi cuerpo para comunicarme. 

 
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