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Autor: LINDA D'AMBROSIO
23/09/2019
CARTA ABIERTA

C

arta abierta ¿Cómo explicar que también he sido herida yo en tu cuerpo? ¿Cómo explicar que también yo me siento amenazada?

Sí: me atemoriza tu sufrimiento... Intenté que no te dieras cuenta, pero la noticia de que el cáncer ha reaparecido en tu cuerpo me tomó por sorpresa, como una bofetada. 

Como siempre, me vi navegando entre dos aguas: entre la posibilidad de parecer indiferente y el riesgo de alarmarte. En fracciones de segundo el instinto me indicó contenerme, conservar la serenidad, protegerte. 

¿Cómo explicar que también he sido herida yo en tu cuerpo? ¿Cómo explicar que también yo me siento amenazada? Sí: me atemoriza tu sufrimiento. Sé que durante unos meses tendrás que lidiar con el incómodo fastidio de los malestares y los tratamientos, y de nuevo me siento dividida entre faltar al consuelo que desde lo profundo de mi corazón quisiera saber brindarte, o hacerme omnipresente, lo cual nunca ha sido la tónica entre nosotras y pudiera incomodarte. Ya decía mi hermana que mucho ayuda quien no estorba. 


Nuestra compañera Linda Dambrosio

Pero, por mucho que me duela, lo percibo solo como un segmento de este camino que recorremos. Después vendrá otra etapa, alfombrada de verde hierba o cubierta de fresco fango. Quizá otro recorrido pedregoso. Pero otro. Después. 

No sé por qué en torno a esta enfermedad existen tantas reservas, si la mayoría de las personas superan este inquilino molesto que se instala en nuestro cuerpo a incordiar. 
Parece que el problema es uno (solo uno) de los posibles desenlaces, como si no fuera inexorable, antes o después, para todos. Después de todo, no pinta tan mal la cosa: se nos ofrece, al final del camino, el “descanso eterno”, y eso no suena tan mal, ¿no? 

Todos vivimos agotando los días que nos han sido concedidos, contados, como píldoras en un frasco. Lo que pasa es que pretendemos ignorar ese fenómeno. 

A veces lo descubrimos repentinamente. Hace casi dos décadas, mi compañero de juegos, mi vecino de toda la vida, llamó a su mamá por teléfono: “prepárame una arepita, que voy para allá”. Nunca llegó. Un accidente brutal en la Cota Mil segó su vida, con ventipocos años, inesperadamente. 

En otros casos, la enfermedad es un poco gentil recordatorio de esa realidad. Entonces, conmocionados, nos aferramos a la vida. Súbitamente nos fractura la posibilidad de separarnos de nuestros seres amados y vemos con claridad los múltiples encantos con que nuestra hasta entonces despreciada cotidianidad nos agasajaba. Y es entonces cuando nos obsequia con su más precioso regalo: redimensionar el valor de tantos pequeños detalles de nuestro entorno y posibilitar que se intensifique nuestro placer, nuestro disfrute. ¡Voilà! Es así, como esos potenciadores de sabor que se añaden a ciertos productos industriales, y que tanto nos engolosinan: nos devuelve, a pellizcos, el gusto por lo anodino. 

Cierto es que el precio a pagar es muy alto. Comprendo que nadie puede repartir contigo las cargas; es tu dolor, y tu cuerpo, y tu rutina suspendida en el tiempo. Pero pasará. 
Egoístamente, me lamo las heridas.

Te necesito. Te necesita el mundo. Necesito verte absolutamente glamorosa y enfundada en tu camisa de Carolina Herrera, como eres tú. Verte derrochando savoir faire y brillando en cada evento. Cambiando las cosas desde tu trabajo. Y necesito que lloremos juntas, como a veces, cuando nos puede el sentimentalismo y recordamos el país, el colegio o tu mamá. 

Es una circunstancia dura, para el que la vive desde adentro, para el que la vive desde afuera. Pero puede ser transitoria. Dicen que lo que crees, creas. Y como hay que pasar ineludiblemente por esto, pasemos de la mejor manera, con la mirada puesta en lo que hay del otro lado de la enfermedad, utilizando el estiércol como abono para las flores, y cerca. 

 
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