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Autor: Isaura Díaz Figueiredo
29/10/2019
LLEGÓ EL OTOÑO

E

l 23 de septiembre, se  celebró el primer día del otoño en el hemisferio norte, conocido como equinoccio de otoño. 

 

En otoño, la naturaleza parece desprenderse de lo que no es esencial. Siguiendo sus pasos, también nosotros podemos despojarnos lo que no nos sirve. Que lección tan hermosa para el  ser humano, sobre todo en nuestros días, dónde impera la  superficialidad.

Maduran los últimos frutos y caen las primeras hojas. Si la primavera es tiempo de renovación, y el verano de plenitud, el otoño es momento de plenitud, culminación. Yo le llamo la estación para la reflexión y la intuición.


Nuestra encantadora Isaura Díaz Figueiredo

En el mundo de hoy, sobre todo en las ciudades, las prisas y la tecnología nos hacen a veces olvidar en qué momento del ciclo estacional nos encontramos. Sin embargo, para  descubrir la armonía, es esencial conectar con los ritmos de la naturaleza; percibir los cambios y los ciclos, en el macrocosmos, y en el microcosmos de nuestro interior; sentir la metamorfosis.

En la filosofía china, otoño es una estación yin, tendente a lo receptivo, a la intuición y a la interiorización. La savia de los árboles se retira de las hojas y ramas y vuelve hacia las raíces. Los animales disminuyen su actividad.

El otoño se asocia tradicionalmente a la melancolía, nos retiramos del mundo exterior, física y psicológicamente, y nos volvemos hacia el interior. Pasamos menos tiempo al aire libre y estamos más en casa, dedicados a actividades menos energéticas que en meses de verano, leemos, conversamos y volver a gozar de la magia del fuego en el hogar.

Las puestas de sol son más largas…  regalándonos un festival de cielos rojizos, tonos cálidos. Caen las hojas de manera tranquila y dulce ofreciendo un espectáculo bellísimo.  Juan Ramón Jiménez personifica la estación: “Otoño, joven andaluz de ojos ardientes y cabellos áureos, / todo vestido de brocado malva, con hojas amarantos en las manos”.

El poeta evoca en las hojas el color rojizo del amaranto, planta cuyo nombre significa en griego “que no se marchita”.

 
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