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Eduardo Robredo Participante en el I Premio Cabral de Literatura

 
Autor: Eduardo Robredo
22/01/2011
Relato a concurso en el I Premio Cabral de Literatura
LA REALIDAD ES MUY TOZUDA

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eñores la realidad es muy tozuda, tenemos un coche que pierde aceite y así no podemos ir a ningún sitio. Esto no se arregla cambiando de conductor, necesitamos urgentemente un buen mecánico, auque tengamos que traerlo del extranjero.

No queremos más discursos sobre lo que es y lo que debería ser, sólo son teorías paralelas a la realidad, narraciones autolegitimadoras que dan igual una que otra, teóricamente todo vale igual o nada vale nada, que es lo mismo, de que no hay teorías superiores que puedan demostrar algo más allá de su contexto, es decir de los intereses de todo tipo de que nacen. Eslóganes sin vida que se repiten para el regocijo de sus parroquianos, como “padre nuestros” de religiones ya caducas.

Nuestros políticos han perdido el norte de lo vivo, con sus discursos bizantinos típicos de toda cultura decadente. ¿De qué nos vale la política si no ayuda a la vida del hombre?. Al fin y al cabo es la vida la que impone y jubila los conceptos. Ese saber era vivo en los grandes políticos de la historia, en consonancia con sus tensiones vitales, pero lo que dijeron e hicieron murió con sus circunstancias.

Una vez que se ha percibido en los grandes políticos el coraje que tuvieron en su época, hay que olvidar la historia, que no es ya más, en general, que una rémola. No valen de nada, sino en sentido ejemplar, las soluciones pasadas, estamos en un mundo en el cual ellos no entenderían casi nada, en el que no sabrían ni dar dos pasos, en el que, si por casualidad levantaran la cabeza, con olímpico estupor la volverían a ocultar de inmediato sobrecogidos, confusos, buscando de nuevo la quietud familiar del sepulcro. Uno de nuestros pecados, sin duda, es haber hecho demasiado caso a la historia, haber paralizado hoy nuestro pensar por un respeto mal entendido a la los grandes, convirtiendo así la política en mera historia de la política, sin contribuir a ésta más que redundamente.

Resulta extravagante el hecho de que para un mundo casi galácticamente diferente al del pasado sigamos teniendo la mismas soluciones político-ideológicas. Es hora pues de dar otras respuestas globales desde una nueva perspectiva. O un nuevo político o un nuevo hombre, radicalmente inéditos. Un político sin partido, o un hombre sin patria, por ejemplo. Un político y un hombre, en cualquier caso, a la medida global de nuestro mundo. A la medida del universo, y no a la humorada de cualquier alcaide terrícola.

No puede una generación  hacerse un sitio de consideración en la historia simplemente con el bagaje de un rótulo, con una etiqueta que no tiene más norte o criterio que el pasado, dejándose simplemente arrastrar por la inercia del tiempo. Se hace camino al andar. Eso muestra precisamente la historia, Y ésa es su enseñanza para tiempos débiles como éstos. El camino del fundamentalismo fue la andadura de otra época. La de la nuestra no puede ser sólo la crítica.

Tampoco es solución alguna el dialogismos. O es otro ideal puro e iluso o se trata de una charla de sordos, sin sentido superior alguno sometidos a las leyes del mercado; un consenso fundado siempre en intereses, en los mismos, por ejemplo, en los que se fundan las existosas rebajas comerciales. Una vida que tenemos, arrumbada a las leyes del mercado: rebajas tú, rebajo yo y al fin hacemos negocio a costa de cualquier ideal. Escudados en una oferta y demanda sociales esencialmente viciadas siempre, por desgracia, por la ley del más fuerte, que con mayor o menor violencia –las armas o los media- impone sus intereses como intereses comunes, sus vicios privados como virtudes públicas.

La historia señala lo que ya no puede ni debe hacerse, la historia no puede ni debe servir de pauta de pensar y hacer, sino de opción por la libertad y virtud de espíritu. Se aprende de la grandeza de ánimo de las gentes que se enfrentaron a su tiempo con la suprema decencia de una conciencia libre y sin prejuicios; no de sus verdades. Las verdades de ayer son errores de hoy, aunque por ellas hayan dado hasta la vida sus apóstoles; y las que siguen siendo verdad es que no lo han sido nunca. La única verdad inmutable es la posibilidad y el coraje para encontrarla en cada momento. Por lo demás el tiempo lo devora todo.

 
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