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Marcelo Galliano Participante en el I Premio Cabral de Literatura

 
Autor: Marcelo Galliano
24/03/2011
Relato a concurso en el I Premio Cabral de Literatura
ALGUIEN CON QUIEN HABLAR

E

l  Princesa Mafalda resiste. El agua zarandea su humanidad de hierro haciéndolo parecer un gigante que se desvive ante el atareado castigar del viento. Desde la inconmovible línea donde mar y cielo chocan sus caras, el acongojado sol del crepúsculo le dictamina el rumbo con un rojo inevitable. Pero resiste, resiste… Una vez más cruza el Atlántico; una vez más, en él, se atosigan las bocas, las manos, los llantos, los sacos roídos…

Nicola finge no temer al tambaleo y, en cada invisible empujón, se envalentona y ovilla entre sus brazos a los pequeños Gian Franco y Giuseppe, diciéndoles que ya llegan, que falta poco. Les gustaría explicarles todo, leerles la carta… pero son chicos, muy chicos, no entenderían,  extrañan su casa humilde de Avellino,  y a sus compañeros de juego, y a mamá… fundamentalmente a mamá, esa joven mujer que los  meció en sus brazos y que ahora descansa bajo las saladas parcelas que miran al Tirreno.

Leerles la carta... Nicola la guarda en un bolsillo interno, se la ha escrito su amigo Genaro y, en cursiva despareja, le ha hablado de ese raro país donde la melena del trigo es arrullada por la brisa, donde la piedra se puebla de verde, donde las manos jóvenes se entibian con el pan recién horneado. Será fácil, piensa Nicola, lo dice aquí… Sí, la carta le ha descrito esa nación nueva, despoblada, donde un tal Sáenz Peña (*) recibe a los recién llegados con una cama limpia y una sopa caliente en una inmodesta edificación de la zona del puerto.(**)

Pero el zarandeo persiste y muchos lloran, y Nicola quiere consolar a esos paisanos que parecen negarse a la fe. Ha llegado a hablarles, a tomarlos de los brazos,  a mostrarles la carta… la carta que su amigo Genaro le ha enviado, y así  intentar calmarlos con esas líneas de esperanza. Pero nadie lo escucha, todos viven su drama diminuto: algunos callan; otros rezan; los más infortunados gimen la pérdida de un ser querido por las pestes del  viaje, soportando el horror de haber visto los amados cuerpos sin vida, precariamente
amortajados, cayendo   desde la cubierta hasta las mismas entrañas del agua.

Pero Nicola no se deja vencer. Vuelve a llevar la mano a su bolsillo  y confirma la presencia de ese papel doblado que tanto lo ilusiona, que  lo mantiene vivo, que lo aísla del dolor. Y ese país joven… el que nombra la carta de Genaro… ahí tendrá trabajo y futuro, ahí los chicos  respirarán una brisa aún no herida por el amargo perfume de la pólvora.

Ahora  las nubes han moreteado el atardecer y el viento anuncia una tormenta que teñirá el ocaso con su color pizarra. Llegarán a Buenos Aires con lluvia, y unos se persignan considerando eso un mal presagio, y otros se abotonan las chaquetas previendo el frío nocturno. Pero Nicola ha aguzado sus ojos y la noticia que sus pupilas perciben le ha tallado una sonrisa que ni la tempestad venidera puede borrar: ahí está, sí, ya puede verse ese río color desierto que la miopía poética  ha adjetivado como si fuera de plata; ya puede distinguirse esa ciudad inmensa y casi virgen. Nicola ha despertado a Gian Franco y a Giuseppe,  ha tomado la carta y la ha  guardado en su puño, y ha corrido a bajarse con fruición, distinguiendo su andar del paso cansino del resto del pasaje.

Un hombre los recibe en tierra, Nicola le muestra el papel, nombra a Genaro… a su amigo Genaro… No le entiende, le señala el gran edificio, le exige que camine, que deje pasar al resto. En el gigante de cemento lo reciben, le hacen preguntas, le entintan los dedos a él y a sus criaturas. Él quiere hablar… quiere decirles…  quiere preguntarles por Genaro… pero no lo escuchan, se limpia las manos con un viejo pañuelo y toma la carta y quiere leerles… pero no… no lo escuchan…

Los han llevado a una habitación. Ya es tarde, ya es hora de dormir; mañana les darán de comer, pero ahora a dormir. Gian Franco y Giuseppe ven caer la noche de bruces contra la ventana del cuarto.  Sienten miedo y lloran, sienten miedo y tiemblan, sienten miedo y se anillan al cuerpo de su padre y comienzan a pedir por mamá, sí, por esa mamá muerta que tanto extrañan. Nicola también la recuerda, claro, la rememora de puntillas,  probando  a hacerse alta,  abrazándolo con la dulce violencia que el afecto permite, besándose ambos desesperadamente, como si en los labios se escondiera el secreto de la existencia, como si el resto –el resto: manos inquietas, piernas anudadas, pechos agitados- nada valiera comparado con esas dos bocas necesitándose y rebozándose.

Las lumbres se han apagado y los chiquitos se han dormido,  cansados de llorar. Nicola observa la negrura infinita que  el vidrio recorta con rectangular frialdad. En algún lugar está todo eso que la carta promete… en  algún sitio está el propio Genaro que nadie parece conocer. Acuesta a los niños cuidando los mínimos movimientos, los cubre con la manta y, luego, infringiendo las leyes del lugar, quita el cerrojo de la ventana y sale a la calle a caminar sin rumbo. La ciudad se le ofrece como un interminable paladar sombrío. Algunos noctámbulos vagan sin mapa y él prueba  preguntarles por su amigo… si por casualidad alguien conoce a un tal Genaro que le ha escrito una carta… esa carta que él muestra intentando leer, recibiendo  indiferencia o  burlas de los borrachos, de los mendigos, de las prostitutas y de los locos que pueblan la noche. Camina… camina… en alguna calle debe estar Genaro, en algún rincón alguien querrá ayudarlo y escuchar  lo que dicen esos párrafos.

En sus ojos nacen unas breves lágrimas de desesperación, pero sigue caminando, aminora su paso pero sigue caminando…  Está exhausto, quiere seguir pero no puede, ya no puede… En una esquina solitaria y anónima apoya su espalda y lentamente dobla sus piernas hasta sentarse. Busca en la piedra un descanso de lana, de carne tibia, de olvido. La brisa negra de la noche le enfría  los ojos entrecerrados;  quiere dormir, dormir definitivamente… pero una respiración y unas suaves pisadas se escuchan a su lado. Sus labios se arquean en una sonrisa de esperanza, sus párpados se entreabren con ilusión… pero sus ojos humedecidos solamente  distinguen a un perro, sí, un perro frágil y solitario que se  ha acercado…  Sin pensar, Nicola saca la carta de su bolsillo y comienza a leérsela.

    
(*) Se refiere a Roque Sáenz Peña, presidente argentino entre 1910 y 1914.
(**) Se refiere al Hotel de inmigrantes, que se construyó a principios de siglo XX en Buenos Aires.

 

 
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  Autor: JFDZdW7OzQXK 20/06/2016
  Yeah, that's the titkce, sir or ma'am  
  Autor: uDxo6rB4H7 18/06/2016
  Good point. I hadn't thuoght about it quite that way. :)  
  Autor: LDu7VVM6 18/06/2016
  That hits the target peflcetry. Thanks!  
  Autor: ChgfQiBJir 11/10/2015
  Thanks Larry. That CNN clip was pretty dirnusbitg. I agree with you. Sadly, the abuse isn't exclusive to just Asian dads. But let's you and I and every other dad who agrees with us keep doing what we do and show everyone that so-called "Eagle Dads" are an abhorrent exception and not the rule.  
  Autor: wI6FDNsGA3QU 07/10/2015
  Lovely images LOVE the one of the bride leniang back on the window sill and the sepia one in front of the venue. I am sure these photos will be treasured!!! Well done Donna X  
  Autor: Cristina 29/03/2011
  ¡ Hola Marcelo !

¡ Qué conmovedor relato !.

Creo que en precisas, breves y sentidas palabras has logrado transmitir ... hecho sentir, lo que padeció uno de los tantos inmigrantes que llegó a nuestros país.

Y éste, mal que mal era italiano ... y al ser un idioma latino, algo puede llegar a hacerse entender ...

Eso mismo ... ¡ y quizás ... peor ! ... sufrieron los inmigrantes judíos, rusos, polacos, alemanes ...galeses y de otras procedencias ... donde sus lenguajes resultaban tan extraños, como sus vestimentas y costumbres .... y venían escapando de la guerra o el hambre ...

“ Alguien con quien hablar “ ... es lo que necesita toda persona que carga un dolor, una pena, una ansiedad, una incertidumbre, un miedo ... y muchas veces los perros, que no hablan pero si entienden ... son los más prestos interlocutores del alma.

¡ Felicitaciones amigo ! ... y ... ¡ GRACIAS por tan elocuente relato !.

Un abrazo.

Cris