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Jorge Fernández Participante en el I Premio Cabral de Literatura

 
Autor: Jorge Fernández
28/04/2011
Relato a concurso en el I Premio Cabral de Literatura
MAÑANA DE REYES

H

oy, una vida después, recuerdo aquella mañana de Reyes, el mundo ardía en una guerra bestial y lejana, una más, que no veíamos, y, a pesar de eso nos proveía de aviones y barcos, de buenos y malos, héroes y traidores, victorias y derrotas. Todo en tardes de cine que alimentaban esa pesadilla, dándonos modelos de hombres y cosas que a algunos de nosotros guiarían en sus vidas. Precisamente de uno de aquellos aviones trata esta historia. Sus líneas depuradas, su potentísimo motor, las cabriolas que hacía en manos de un piloto ( que era de los buenos!!!) la suavidad con que volvía a tierra, todo parecía la cabalgata de un Pegaso, haciéndonos olvidar su triste misión: matar……

La tarde anterior, había sido apacible, como lo era esa misma mañana, de los pocos días en los cuales el viento no jugaba con las cosas, siendo como era normal en una ciudad marítima. Por lo mismo nos reunimos varias veces con mis amigos. Los cónclaves (algunos secretos, para iniciados) se sucedían para compartir expectativas, mejorar los pedidos de cada uno, atemperar ansiedades, conseguir (tal vez?) superar al infaltable exhibicionista de la banda, que con paciencia digna de un objetivo más alto, no desdeñaba la más pequeña ocasión para mostrarnos sus, por ciertos, caros y envidiados, juguetes.

Al final la tardecita apareció, y con ella, los encargos maternales de última hora: para algunos la comprar de una Rosca de Reyes para el día siguiente. En mi caso, frutas varias con que hacer una abundante ensalada dulce que disfrutarían mis padres con la comida de Reyes. Ese poste habitual del estío, fue y sigue siendo para mi, algo cercano a un castigo. Culinarias aparte, se iba acercando la hora de escribir nuestros pedidos. Al anochecer, luego de la última reunión de la banda, nos fuimos, cada uno a su casa.

En mi camino fueron surgiendo las dudas, los planes, los objetivos de cada uno. Los mayores aseguraban con desdén (y también desconsuelo por no poder disfrutar la espera): ¡ Son los padres!  La incredulidad de escuchar esa blasfemia y la fuerza de la ilusión lucharon contra la insidia, una batalla que perderían con el correr de los años: el camino a la adolescencia iba haciendo su trabajo y también para mí llegaría el desconsuelo de los otros. Pero no esa noche.

Así que llegué a mi casa, me apuré para terminar mi carta antes de la cena. Estos detalles si los recuerdo pero no así el acto de escribir y describir el objeto de mis ensueños: un avión de modelo que ¡volaba!, es decir volaría al día siguiente: ustedes me entienden….

Por lo que cuento, no puedo precisar si la descripción fue la correcta. Si así fuera, tal vez, disolviera el cóctel de decepción y disgusto que bebí aquella mañana cuando encontré un avión, sí, pero no el anhelado. Que volaría, sí, mientras mi pequeña mano lo sostuviera. Caso contrario, descenso fatal y pérdida total. Con la amargura a cuestas, participé del ritual de ese día: ver si los camellos habían comido y bebido, ayudar a volver a la normalidad el patio donde habían estado, y disimular ante mis padres lo que sentía.

Esto último lo hice sin saber porqué, como si un mecanismo automático hubiera querido evitar que conocieran mi ánimo en ese momento. O tal vez, un resplandor en mi mente que anunciaba que algo poco placentero me esperaba por descubrir. Así, después del desayuno, tomé mi avión (No por No pedido, menos Mío) y salí a compartir y competir con mis amigos y sus respectivos regalos. Por ello pude descubrir otras amarguras y otras alegrías.

Que mi avioncito no volaba es cierto, pero no estaba sólo en tierra, había muchos que tampoco lo hacían. Por supuesto, el exhibicionista nos mostró su hidroavión de cuatro motores, que tampoco volaba, pero era una réplica lujosa del real con todos sus detalles, que hizo que algunos nos miráramos consolándonos sin decir palabra.

La pobreza suele ser fraternal.

La mañana fue creciendo y, a medida que pasaba, iba bajando el bullicio de las obligadas, y a veces, temidas, otras triunfales comparaciones ineludibles, de los misteriosos caprichos que año a año tenían esos venerados Reyes.

Con la calma renacieron los venenosos dichos de los que dejaban de ser niños, y acaso, por esa misma razón, y el desconsuelo de ya no creer, se convertían en paladines y abanderados de la verdad: ¡Los Reyes son los padres!!

Me parece que a partir de aquella vez comenzó en mí el anhelo de matar la duda, aunque doliera, y no sentir así la sorna de los otros, y por sobretodo, el dolor del sueño perdido. Esto era lo más importante y lo que llevó a mis pequeños sentimientos a crecer y ver a mis padres-reyes más padres y más reyes, en minúscula, con limitaciones humanas que les impedían cumplir mis deseos, por no estar a su alcance material, o quién sabe, espiritual

De este modo, con un simple avioncito no pedido, se inició un vuelo del que aún disfruto sus paisajes, hasta que el supremo comandante ordene su fin.

 
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  Autor: 9sC3Gp3Oi 21/06/2016
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  Autor: A7riVebiRjF 18/06/2016
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