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Luz Camila Camacho Cortés Participante en el I Premio Cabral de Literatura

 
Autor: Luz Camila Camacho Cortés
17/05/2011
Relato a concurso en el I Premio Cabral de Literatura
LA REDENCIÓN DEL PADRE

S

e combinaba con el ruido de la lluvia, el chirriar de las ruedas oxidadas de un carro de mercar de algún gran almacén, empujado por un hombre al que solo se le podían ver unos zapatos, tan lejanos de sus días de gloria como El.  No alcanzaba nadie a imaginarse el peso de las desolaciones sobre la espalda de este anciano, que ya no le permitían casi avanzar. Era tanta su pesadumbre, su agonía, su impotencia que cayó en el lugar más sórdido de la ciudad, en el hueco más negro de la humanidad, en el cuarto donde colapsan las peores debilidades del ser. Un indeseable más deambulando las calles, buscando en los desechos algo despreciado pero apreciable.

Sobreviviendo,  para conseguir lo de perderse y soñando con no volver.

Imperdonable para El siendo el Inspirador, pero agobiante a tal grado que no fue difícil caer. Soportó látigos y mas que el Nazareno. Prácticamente la decisión se tomó sola.  No había más camino que pisar, se secó la lluvia de ideas, no había más puertas que golpear, no se encendieron más bombillos, dejó de aparecerse la virgen en las galletas y las paredes mohosas, dejó el campanero de llamar.

Aún así no se lo perdonaba.

Nadie sabía quien era, pero su culpa era tan versátil que le creaba un sinfín de cuadros en donde solo quedaban dedos acusadores, incluyendo sus veinte.  Cómo saber que a este anciano no le quedaba rincón del corazón sin lacerar. Cómo saber que el mismo que antes todo lo pudo, hoy no podía levantar sus propios pies.

Nunca más pudo dividir el mar, ya no encontró peces que multiplicar, ya no había vino para rendir ni cena por compartir. El espíritu podía gritar pero no había oído para oír, ya no se recordaban las profecías y sus profetas; ya las interpretaciones y sus símbolos no ocupaban a nadie y nadie le heredó a nadie las historias de otros tiempos. Ya no había aves ni corderos para expiar. Ya la gracia no aparecía en Wikipedia.

Buscó corazones para amasar y solo encontró hígados hambrientos y vísceras corroídas, buscó ojos que quisieran ver y todos miraban sólo hacia adentro, buscó calle a calle las Magdalenas y ellas eran ahora las dueñas del mundo, ya ninguna piedra se levantaba porque ahora es plausible su astucia y elasticidad.

Lo que vivió el Bautista fue un recreo comparado con este cuarteado desierto.¡Oh glorioso faraón! que permitiste que endureciera tu corazón, hoy ya no puedo ni encontrarlo. ¡Oh amado Moisés! que creíste en un chamizo y encontraste la prometida.

Que fácil fue entonces.

Gemía sin que nadie supiera lo que hablaba, suponían que su adicción lanzaba estos lamentos. Pero lo cierto es que ni todas las jeringas, lograban borrar sus decepciones. Llegó a no soportarse a sí mismo, perdió conciencia de su estado y sus necesidades. Ya no buscaba un lugar para cada cosa, todo era al mismo tiempo y en el mismo sitio. Donde comía, eliminaba. Y acaso,  ¡que mas da!  si ahora todo es basura.

Esperaba que esa prostituta blanca lo degollara, le reclamaba a la pipa su lentitud para acabarlo, intentaba leer en una colilla su fin, inhalaba compulsivamente hasta quedarse sin conocimiento.

Su culpa le había hecho creer que su hijo lo aborrecía, que si llegara a saber donde estaba o lo que le había pasado, jamás se cruzaría con él. Hecho hombre y más hombre hecho padre. Conoció cada esquina de la naturaleza humana y ya no pudo volver. Los recovecos creados por el prójimo lo confundieron tanto como a ellos mismos. Se deslizó por cada abismo de este mundo de hojalata, el confín de los egoísmos y las desviaciones, el lugar donde el miedo agoniza y no hay cercas  para el rebaño. Esta vez solo una de las ovejas quedaba, moribunda y malherida. El ímpetu humano rebasó los límites, se conoció a si mismo mas grande y poderoso y creció hasta vomitarse a borbotones.

Pensar en su hijo lo obligaba a perderse, mientras que a su pequeño pensar en él lo hacía necesitar más tiempo, mas vida. Su verdadero anhelo era encontrarlo, donde fuera, como fuera, cuando fuera, pero llegar.

Un tiempo se imaginó cosas trágicas sobre él, dormía sobre almohadas húmedas cada noche suponiendo su destino, se levantaba a ver por la ventana y sus lágrimas recorrían el vidrio casi al tiempo que lo hacía  la lluvia y el rocío.

Lo anheló hasta los huesos, desde su infancia y hasta su madurez. Nunca dejó de necesitarlo, mientras fue un niño sus noches eran de llanto hasta dormitarse. Luego su mente imponiendo supervivencia, creó un mundo imaginario en donde hablaban y se inventaba cientos de formas de encontrarlo. Su madre supuso que los tíos y los abuelos y toda la numerosa familia llenarían su vacío, pero fue intocable  y solo se esfumó hasta encontrarlo. Era su altar sagrado, tenía su propio santo, estaba labrado su nombre sobre madera. Nadie más cabía en él.

Ya adulto recorrió las calles rescatando almas, no para esclavizarlas con doctrinas ni horarios, ni para prometer despertares y arrebatamientos; sino para darles un pedazo de corazón en llamas. Como la madre Teresa abrazaba sin repudio a los enfermos del alma, los amaba sin conocerlos y anhelaba un día abrazar así a su padre. Su misión no era del todo altruista, ninguna misión lo es. Todos tenemos un interés propio y a veces logramos maquillarlo, aún ante nosotros mismos. El, con su anhelo de encontrar a su padre, logró enseñarle la esperanza a todo aquel que había sido apedreado por las miradas de los vecinos y la dureza de su familia, crucificado por sus debilidades y recaídas.

La lengua es rauda para señalar, en segundos somos jueces, argumentamos y dictamos sentencias sobre personas que ni siquiera sabemos cómo se llaman. Eso quema más que el hierro hirviente con el que marcaban los esclavos, eso asesina más que un cáncer haciendo metástasis.

Un solo faro que brillaba. Un solo corazón que palpitaba, un alma que aún anhelaba.

Lo encontró sin saberlo, lo recogió sin sentido, lo abrazó sin lograr despertarlo, le besó la frente, lo llevó en sus hombros con todas sus hediondeces, soportó sus vómitos y patadas, lo vigiló días y noches y no sabía por qué. Solo tenía curiosidad por él, tal vez conocía a su padre, tal vez lo había visto alguna vez.

Nunca pensó que su espera terminaba.

Empezó a reconstruir su historia,  identificó su cara deformada por los vicios, enderezó su mandíbula y fue tomando forma. Copió una y otra vez su historia, con todos los vacíos e incoherencias. Su compañero encontró similitudes en sus iris, sus formas de caminar y otros rasgos, pero se contuvo hasta confirmarlo con sus huellas. El alimento y la rehabilitación lo transformaron por fuera, pero fue sólo cuando supieron lo de sus huellas que ambos cayeron de rodillas y lloraron ese río contenido por años, hasta encharcarse las camisas.

No se dijeron nada, se tocaban los rostros como ciegos descubriendo cada milímetro, Los ojos del Padre  pedían perdón, pero la dicha del hijo por  encontrarlo llenaba por completo la habitación. Estuvieron tantas horas así que se quedaron dormidos en el piso, arrullándose uno al otro. Los segundos debían contarse como años, para borrar todos los días de soledad y desamor. El fuego del espíritu volvió, se paseó como un perdido por todo el cuerpo, era tan vivo que quemaba sin lastimar y ardía sin mermar.

El padre no podía creer que todavía existiera el amor, pero fue con él, por él y en él que recibió la salvación; aunque ya no la recordara y aunque creía nunca más volverla a ver.

Sus vidas se sellaron en esta labor, vieron como su película se repetía en otros padres y otros hijos. Se dedicaron a abolir la recriminación y a sembrar la recuperación.

Esta vez el Padre recibió una lección, esta vez se hizo hombre hasta perderse y fue tan humano como para levantarse. Es por todo esto que recordó  que el Verbo no es desechar, sino rescatar…….. 

 
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