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Facundo Cuitiño Participante en el I Premio Cabral de Literatura

 
Autor: Facundo Cuitiño
19/05/2011
Relato a concurso en el I Premio Cabral de Literatura
EL AS DEL BOLERO

-

¡Perdóname si te interrumpo otra vez! – Dijo Edmundo tratando de comprender la idea extraña que le presentaba Oscar- lo del bar lo entendí, pero lo del destino, lo de la vida que va y viene, los papeles, decime ¿te sentís bien?- estoy en perfecto estado físico y mental- respondió Oscar dando  por recibido las burlonas intenciones de Edmundo - ¡los papeles eran de divorcios Edmundo!-

-¿De qué divorcios me hablas si vos nunca te casaste?- dijo Edmundo con los dedos de la mano izquierda juntos con la palma para arriba con pequeños movimientos ascendentes y descendentes mientras que con la mano derecha levantada le indicaba al mozo donde estaba el destino final de la picada con fernet que tenía en la bandeja.

-Te explico nuevamente  y desde el principio, préstame atención. Eran como las cinco de la tarde cuando paso una mujer, es extraño como la vi, como si alguien me la señalara entre la multitud , vos vistes lo que es la estación de Lanus en horas pico.

 Edmundo afirmo con la cabeza sin poder hablar por estar entretenido con la picada. Individualizar a alguien entre el gentío- continuo Oscar –resulta una tarea arto difícil
-¿Y cómo la reconociste?- pregunto Edmundo -¿sigue siendo esa morocha impactante a pesar de ser menudita?

-Si morocha, ese color dorado que cuando llega el verano no necesita bucear en el sol, el color exacto para la envidia chusma del barrio- reflexiono oscar al pasar – pero la primera curiosidad es que yo solo divise a una hermosa mujer, sin reconocer en ellas viejas vivencias que el tiempo dejo ancladas en el recuerdo. Paso delante de mi, distanciado a cuatro o cinco personas y cuando se alejaba mientras yo permanecía petrificado en el lugar, se dio media vuelta como si respondiera a su nombre flotando en el aire, me miro justo a los ojos y sonrió, en ese momento supe que solo podía ser ella: Ana

-¡Anita carajo!- dijo por lo bajo Edmundo – recuerdo tu cara de niño tonto cada vez que pasaba cerca de la canchita del barrio. La misma cara de otario que tenés ahora – dijo Edmundo en su eterno papel de bufón de la barra de amigos.
- Si claro, vos jode nomás.

- Recuerdo el cumpleaños del gordo Omar, tu confesión en  condición de primera borrachera, todavía retumba en mi cajón de los recuerdos: “mundo”, me dijiste ¿te acordas? me decías “mundo”, “te juro que si me espera detenida en el tiempo me caso con ella”.

- “Si me espera detenida en el tiempo me caso con ella” – repitió Oscar con el gesto de recibir recuerdos lejanos que golpean las puerta – pensar que cada vez que la encontraba por la calle decía por lo bajo esa frase.

Oscar detuvo el relato para degustar con satisfacción el fernet, se llevo a la boca un trozo de queso y continuo – cuando sos chico tres años de diferencia en edad es un abismo insalvable y cuando crece es un detalle que no tiene ninguna importancia… ¡anita! – Volvió con su relato – y ahí estábamos uno frente a otro tirando alternativamente frases de rigor de dos amigos desconocidos “¿como estas?” “¿Qué es de tu vida?”  Y todas esas cosas que tanto odio.

- Entonces la invitaste al bar a tomar un café.
- No antes de caminar algunos minutos para alejarnos del ruido ensordecedor del gentío - aclaro oscar -el bar era uno de esos que quedan a mano de la situación del imprevisto encuentro entre dos personas que alguna vez fueron queridas y ahora solo regresan del olvido con pretensiones orgullosas de que todo sigue igual.

La picada bajaba rápidamente y el fernet rebajado con coca estaba ya en la segunda ronda.

- Hablamos por más de 45 minutos teniendo siempre de por medio el humo mezclado de los sucesivos cafés y mis cigarrillos, le pregunte por Hugo y quizás fue en ese punto donde comenzaron los hechos raros – comenta Oscar pinchando el delicioso embutido. ¡El Hugo!- interrumpió Edmundo moviendo en forma circular el trozo de queso pinchado con un mondadientes que tenia en la mano antes de llevárselo a la boca.

- ¿Te acordas de Hugo? Pero si eran inseparables de chicos, hasta le hacíamos la broma de que eran novios. Pero si parece que fue ayer los tiempos de grandes aventuras vividas en el gran universo de la pequeña canchita del barrio.

-Me contó que su hermano estaba de maravillas, casado con cuatro hijos y manejando el gran almacén del pueblo que heredo de su papá, Don Zoilo.

- Ahora recuerdo que se fueron para La Pampa porque el viejo tenía todo arreglado para poner el bendito almacén, te juro que lo odie por separarnos de nuestros amigos- comento Edmundo.

- Ahora el almacén parece ser el orgullo de Hugo. Es enorme con todo lo que tienen los almacenes de pueblo de antaño, desde la leche y el pan del día hasta alpargatas y las bombachas de gaucho. Ana, en cambio, decidió volver a arriar su bandera cerca de la isla del tesoro de la infancia, acusando aburrimiento de pueblo chico, pero estoy seguro que vino a buscar algo que no se lleva en ningún camión de mudanzas.

- ¿Y vos aseguras que ana nunca se caso?- pregunto Edmundo.

- No lo aseguro yo, ella me lo confeso como al pasar, con esa sutileza que solo puede tener una dama en confesiones indecorosas. Yo estaba desesperado por saber del estado de su corazón pero no me permití indagar por presumir de caballero.

- ¿Y qué fue lo raro?- interrumpió Edmundo para retomar lo importante del relato.

- Fue cuando me preguntó si seguía tocando la guitarra, y cuando le iba a contar que solo de vez en cuando para despuntar el vicio, me acorde cuando Totti Tosti me fue a buscar para ser segunda guitarra en su banda.

- ¡Te acordas!- dijo Edmundo casi ahogándose- ¡si te queríamos matar por contestar que no, por ser segunda guitarra!

- Mil veces te dije que la razón de mi respuesta negativa no tuvo nada que ver con ser primera o segunda guitarra, fue otra cosa, no sé, algo en los ojos de Tutti no me gusto mientras me contaba los planes y las giras por todo el país.

- Dejemos esa discusión para otro día, contame lo que realmente quiero saber – dijo Edmundo para enderezar nuevamente le discurso de Oscar.

- Todo empezó cuando Ana tomó con sus manos la cartera, yo presté atención a sus movimientos y con asombro repare que sus manos ¡eran de hombre!, entonces levanté la mirada y ya no era Ana la que  estaba enfrente de mí, sino el mismo Tutti.

Edmundo lo miro incrédulo, pero fiel a la picada- a ver ¿me podé explicar eso?- le preguntó.

- Presta atención, es algo simple- dijo Oscar casi como un regaño- Tutti estaba esperando una respuesta, solo atiné a mirar a mi alrededor, el bar era el mismo pero el tiempo no, reconocí ese banderín de estreno de Racing campeón del ’66, me sobresaltó la voz de Totti apurándome por una respuesta positiva, reaccioné y le dije que sí.

- Tarde abombado- reprochó Edmundo.

- Le dije que sí- repitió Oscar con fastidio por la burlas de su amigo- ¡con la misma alegría que se siente al ser elegido por la más linda del baile para bailar el tema lento del cierre del asalto del barrio.

- ¡Y Ana?- pregunto con atino Edmundo.

- Para esa altura de la circunstancia ya me había olvidado de Ana y toda la realidad que me rodeaba, ese supuesto sueño de ojos abiertos me atrapó inundando mis sentidos. Salí del bar corriendo para contarte a vos y al abarra la buena nueva de ser la futura estrella del bolero.

- ¿Y cómo te fue en tu nueva vida?- preguntó Edmundo mientras tomaba el vaso con su mano izquierda.

- De maravillas, la carrera de Totti fue en ascenso hasta llegar al éxito nacional, llenábamos todas las peñas y club de barrio que visitábamos, y para qué contarte lo que eran los bailes de carnavales. Pero algo me faltaba, y no eran mujeres, ni dinero, ni alcohol, ni siquiera sustancias raras, era algo que había dejado en la tierra de mi infancia.

- Anita- interrumpió Edmundo por conocer como nadie a su amigo - tenias todo pero te faltaba Ana, te faltaba una persona con quien disfrutar algo tan sencillo como un amanecer o la brisa de de mar en la cara, porque para regocijarse con todo lo que se puede comprar con dinero siempre sobra gente, pero cuando estas solo en tu pieza nadie quiere compartir un mate si no tiene nombre francés y burbuja de cristal.

- Es rara esa situación, te olvidas de la sensación de amistad, del abrazo cálido que te da la voz de tu gente cuando te saluda con afecto al llegar, saberse querido en la pobreza te hace rico de alma, una vez un viejo me dijo que la plata te aleja de los afectos porque te hace desconfiado y olvidas al corazón por atrapar la billetera solo porque es más brillante, aparenta ser más linda pero cuando la agarras son como esas muñecas que usan la niñas: hermosas pero frías, sin vida, huecas - Oscar advirtió que su discurso se parecía más a la misa del domingo que a una anécdota, así fue que decidió seguir con lo ocurrido- la cosa es que la gira nos llevó por La Pampa y en una de las presentaciones los vi desde el escenario.

- ¡Ana y el Hugo!- aventuró Edmundo.

- ¡Exacto!- respondió Oscar con le regocijo de sentirse en sintonía con Edmundo- se enteraron de que pasaba por el pueblo y fueron a verme. Te juro que el júbilo al verlos fue solo comparable a cuando niño los reyes me dejaron al lado de los zapatos de salir que había lustrado durante todo el día anterior, para que no se notase que lo desgastado que estaban, la bicicleta que tanto quería y que con los años me entere que el viejo estuvo pagando durante ocho meses. Los días siguientes aprovechando que el grupo se quedaba unos día más en el pueblo, con la excusa de visitar al Hugo, fui varias veces a la casa de Ana para presentar todas mis medallas de hojalata ganadas en el escenario, solo para impresionar, y creyendo erróneamente que eso me daba derecho para reclamarla, y me las arregle para verla a solas.

- Claro a solas, ella seguía siendo la hermana de tu mejor amigo de la infancia y eso le impide ser vista sino como un mueble- acoto Edmundo dando por sabido ese código que ningún hombre ignora.

- Prometiéndole poner  a su nombre cada estrella del firmamento la convencí de que era mejor que el hijo del doctor de la otra cuadra que le estaba arrastrando el ala.

Oscar se detuvo para refrescar la garganta con el fernet mientras acomodaba sus sensaciones para expresarlas más fácilmente.

- El padre, Don Zoilo, se puso furioso al saber que la nena hipotecaba su futuro al meterse con un vago que toca la guitarra y dejaba de lado al futuro profesional. Quizás Don Zoilo sin saberlo me ayudo al oponerse, pues la rebeldía propia de la juventud mas la acercaba a mi cuanto yo me alejaba de las preferencias del padre. De ahí en más todo fue a pedir de boca, termine la gira por el interior del país y aprovechando que había hecho una diferencia económica la traje para buenos aires y nos casamos con gran fiesta incluida.

- ¡Qué lindo che! Es como un cuento de hadas- dijo Edmundo en un claro tono de burla - ¿y cuanto te duro ese estado hipnótico?

- Yo lo viví minuto a minuto, esos cinco años los volví a vivir, para mi fueron eso ¡cinco años! pero al parecer solo estuve ausente del bar unos segundos - respondió Oscar sin dar importancia al tono que le ponía Edmundo - pero espera que todavía falta.

-¿Falta todavía? Contá entonces “Julio Verne”.

- Sigo, sigo – dijo oscar mientras se acomodaba en la silla y daba un sorbo al fernet con coca - nos casamos, pero al poco tiempo empezamos a tener los típicos problemas de parejas, acrecentados por la mala vida que te acostumbra la plata fácil acompañado por  “los amigos del campeón” que nunca faltan, las salidas nocturnas eran cada ves mas seguidas, mujeres y alcohol no faltaban y Ana se fue resguardando solo en el dinero, comprando todo a su antojo. Nos ignorábamos por completo, solo seguíamos juntos por “el que dirán”, pero sabes que era lo peor de todo Edmundo, que la vida nos había dado una hermosa hija ¿sabes como se llamaba?

 - ¿Cómo?

- Camila, se llamaba Camila, con unos ojos negros enormes y pelo casi por la cintura, tenia siempre la sonrisa a flor de piel y la dulzura e inocencia de todo niño… ¡pero si todavía la oigo decir papá!

- ¡Dale papá! Límpiate la baba- dijo Edmundo- y seguí contando que se enfría la sopa.

- Sigo, sigo- respondió Oscar- Después  de un tiempo llego lo inevitable: la separación seguida de un divorcio de común  acuerdo que paradójicamente acordamos firmar en el mismo bar donde comenzó todo. En ese bar le dije que si a Totti y eso me llevo al lecho donde Ana escondía bajo las cobijas del pudor su amor sin dueño como un cheque al portador.

- ¡Ahora que lo decís tenés razón! – acoto Edmundo _ la misma decisión que los unió también los separo, porque si bien las giras que realizaste como as del bolero los llevo a reencontrarse los malos hábitos que arrastraba la vida de divo los alejo- y aunque no lo creas, en el momento que observe con gran tristeza esos documentos crueles sin alma, volví a la realidad lo que Ana había sacado de su cartera ya no eran esos papeles infame sino la foto de su hermano con toda su familia.

Oscar dejo escapar una sonrisa es silencio por comprender la situación que Edmundo todavía no podía. Miro la mesa buscando el atado de cigarrillo, lo agarro y se lo llevo al bolsillo de la camisa- y bueno, me voy yendo porque se me hace tarde- dijo con tranquilidad.

- ¿Sabes qué? Te creo, te creo- confeso Edmundo con la alegría de ver a un amigo en la buena- si mi hermana siempre me habla de metafísica ¡y  que se yo de cuantas cosas mas! Pero decime una cosa Oscar ¿de quien fue la idea de ir al cine?

- De ana- dijo con gran satisfacción – y la verdad es que estoy contento, entiendo que es hora de recuperar el tiempo perdido.

- Eso es algo que todavía no me cierra- dijo Edmundo rascándose la cabeza y mirando el piso – si la visión del bar “racingista” te dejo en claro que las cosas con Ana no funcionaron ¿Por qué insistir en este viaje en tranvía a un callejón sin salida?

-  ¡No entendiste Edmundo! Nuestro destino estaba escrito, de una forma u otra debíamos a estar juntos, por las buenas o por las malas, las malas se fueron cuando le dije que no a Totti, quizás fue por esa razón que hace tanto años  rechace esa oportunidad y ahora que no hay plata, malas juntas, ni trasnoche, ni juventud de pecados puros, solo quedan las buenas y pienso cobrarme la deuda que el amor tiene conmigo- oscar se levanto de la mesa y mirando a su buen amigo se despidió.

- Espera, no te vayas sin terminar la historia, aclárame un punto que me queda en el aire. Vos me dijiste que Ana seguramente tuvo una visión parecida a la tuya en algún momento de la charla…

-Seguramente- interrumpió Oscar con tono seguro

- ¿Y eso me lo podes explicar?- indago Edmundo sin querer molestar demasiado pero buscando acomodar todas las ideas en su cabeza.

-Es fácil- respondió Oscar con los ojos llenos de felicidad- cuando salimos del bar caminamos rumbo a la estación de Lanus y después de proponerme ir al cine y despedirse, me quede mirando como Ana se alejaba, camino unos pocos metros, se detuvo unos segundo, se dio media vuelta, me miro a los ojos y me dijo con la voz quebrada “a mi también me gusta el nombre Camila…”  

 
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  Autor: GMSef8szpw 11/10/2015
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  Autor: Fernando Antúnez Avila 16/07/2011
  Me atrapó desde el inicio. La idea se me hace original. El diálogo lo siento un poco largo, quizá por mi desesperación por saber el desenlace. Felicitaciones.