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Edinson Manuel Martínez Barrios Participante en el I Premio Cabral de Literatura

 
Autor: Edinson Manuel Martínez Barrios
21/12/2010
Relato a concurso en el I Premio Cabral de Literatura
EN BRAZOS DE LA LLUVIA

D

el techo colgaba durante el  invierno una gota que olvidada en verano,  se hacía insoportable en los días de lluvia. Una olla improvisada recibía  la gota  que caía  junto a las sombras de la noche. Sobre la nada, una película de figuras humanas y semihumanas, se proyectaba hasta la madrugada en el techo que miraba caer la gota de agua. Los perros de la calle hacían coro junto a kalimán, ladrando alguna sombra fortuita hecha de los brazos de los árboles que se batían con el viento mojado.  De vez en cuando aparecía sobre las ventanas algún destello de luz que se perdía en el techo de la habitación, así pasaban de rato en rato entre la noche y la madrugada los fogonazos de claridad que le daban nuevas formas a la película imaginaria  que le mantenían despierto en la hamaca. Personajes de otros mundos se aparecían sobre el techo y las paredes, algunos llegaban  a retazos pegados de los faros de un vehículo que extrañamente circulaba por  una calle que apenas tenía asfalto. 

En la ventana una figura, esta vez humana, acercaba su cara tratando de mirar al interior de la habitación a través de un vidrio opaco por las manos que otras veces le habían tocado. Era una mano grande que se proyectaba tras el cristal, tocaba suavemente  en la puerta y la ventana al mismo tiempo sin decir palabras, probablemente no era necesario que las dijese, de ese modo, sólo este tocaba la puerta y  era cuestión de unos minutos reconocerle.

- Ya voy, ya voy…. – Respondiendo  en voz baja,  tratando de no molestar a los demás, y con cuidado al quitar la tranca que cumplía las veces de seguro de una puerta sin cerradura. Mama, abría la puerta y el viento de la madrugada  lluviosa junto a sus sombras se metía a empujones con quien la tocaba. En bocanadas de viento frío, la habitación pequeña y el espacio que hacía veces de cocina se llenaban de olor a tierra desvanecida. Sobre la mesa, El Puerto de la Soledad, mostraba unas  páginas distraídamente abiertas, no siendo indiferente decir que ha sido por causa del viento o una lectura a medio andar, sería mejor apuntar que tan sólo estaban abiertas.  
- ¿De dónde vienes?...

- Del  mundo Mamá…del mundo. Estoy bien. ¿Cómo están por aquí?

- Todos bien. Igual, como siempre… ¿Qué te habías hecho?...

Un silencio súbito detrás de una mirada evasiva daba paso a una sonrisa que mostraba unos dientes blancos perfectamente alineados. Era suficiente su gesto para abrir un corazón que no necesitaba de palabras. Habían transcurrido meses sin saber de él, probablemente el año completo.

Confundido entre las horas, desde  la hamaca mirando las figuras del techo  y las sombras de la noche, apenas escuchaba en susurros una conversación venida desde la cocina,  las voces que se perderían con los  primeros rayos de sol de un mes de junio le inquietaban tanto como el agua que caía del techo.     Aquel año las lluvias  habían sido más fuertes que de costumbre, la calle, y en especial, la esquina antes de llegar a ella mostraba en toda su maravilla el efecto del agua sobre la tierra; un charco enorme que  impedía el paso a todo aquel que lo quisiera; salvo, claro está, a quien estuviera dispuesto o desconociera por cualquier causa las consecuencias de ello. De noche no había manera de saber como transitar y menos qué esperar al atravesar la esquina que obligatoriamente había de cruzarse para llegar a la casa.

- Mamá, que mal está esa calle, apenas se aprecia en  la oscuridad el tamaño del lodazal… -
Sentía que desde mucho tiempo el sueño se había desterrado más que de sus ojos, del ánimo e interés por éste. La conversación lejana le mantenía atento escuchando a retazos parte de ella.

- Las lluvias han sido muy fuertes y esta calle no tiene dolientes, ya sabes siempre ha sido así… –
Más que en otras ocasiones, la noche había sido larga, por lo menos así le parecía, aunque a decir verdad el tiempo no era un asunto que le preocupara, especialmente en aquellos días de lluvia. El aire frío del invierno y la noche en lugar de obligar al sueño, le distraían mirando la oscuridad y las sombras de ésta. No buscaba nada pero se sentía perdido. En la olla la gota de agua que caía estaba a punto de hacerla  derramar y eso le inquietaba, antes ya había visto como el agua  corría dentro de la habitación, justo debajo de la hamaca.

Las voces iban  y  venían a ratos, intuía que había cuidado en no hablar fuerte. A veces el silencio entre ambos se prolongaba y así parecía percibirse desde la hamaca.  A través de un tejido  de diminutos trozos marrones como un negativo de película, podía verse el entorno, los ojos se metían entre ellos y miraba en derredor algunos detalles, de los otros, se encargaba la imaginación por fuerza de la costumbre, como el café con su olor llenando la habitación y  el humo de la vieja cafetera convertida en volcán diminuto. Siempre la había visto de éste modo, con los ojos de la fantasía; y ahora con la certidumbre de tenerlos abiertos, desde la hamaca solo le bastaba mirar.

La cocina vista entre los cuadros del  tejido se veía más pequeña, también  las dos personas  que compartían sus palabras y silencios entre gestos suaves y pacientes que poco dejaban escuchar lo que hablaban, parecía un sueño traído por la  lluvia  del que apenas tenía conciencia. Trataba de no moverse para evitar delatar su interés en la conversación. La lluvia que aún dejaba caer la gota en la olla, no tenía interés para ellos, y él la  miraba con angustia  porque  se derramaría debajo de la hamaca; no sería la primera vez que esto sucediera, como ya lo tenía presente. En efecto,  en tiempos de lluvia era más o menos común que el agua pasara del techo a la olla y de la olla al piso. Aun siendo de este modo, no dejaba de angustiarle porque ésta vez a diferencia de las anteriores, miraba la secuencia de llenado desde temprano, imaginaba el momento en que habría de sobrepasar el borde de la olla y desparramarse en el piso debajo de la hamaca y correr de prisa en toda la habitación, como un río desbocado abriendo cauce entre los enseres de la habitación.

A sorbos de café, pausaban su conversación y en la mesa, sobre un mantel a cuadros verde  oscuro y blanco, las tazas despedían un hilillo de humo que perfumaba la habitación y la cocina entera, parecían sorber en cámara lenta mientras hablaban a ratos. El agua seguía su curso molesto y ya era inevitable que sobrepasaría el borde de la olla. En momentos  como estos la idea de ir al colegio  dejaba de atormentar las horas tempranas de la mañana. Abría y cerraba los ojos  verificándose, apenas podía moverse y sin embargo se sentía despierto. Escuchaba y olía, miraba y veía, dirigía la mirada a la ventana, la cocina y debajo de la hamaca; quería levantarse y mover la olla; y apenas podía pestañar en un esfuerzo supremo para verificar la certeza de su conciencia. Antes había evitado delatar su interés en la conversación, reprimiendo cualquiera de sus movimientos, ahora no estaba seguro si habría podido moverse a voluntad.

Cuando el agua tocaba justo el borde de la olla y se balanceaba con la penúltima gota del techo, temblaba la olla completa a punto de derramarse. Movía los ojos, los abría y cerraba queriendo evitar que el agua corriera impaciente. En la cocina, al mirar la mesa, no había nadie, nadie hablaba y tampoco había olor a café.

- ¡Mamá!. ¡El agua se bota! – Gritaba y las palabras no se escuchaban.

- ¡Mamá!. ¡El agua de la olla! - 

A su lado, una vez que pudo girar la cabeza y con ella su mirada, Mama dormía.  La puerta estaba cerrada y la olla tenía agua por la mitad. Hacía rato había dejado de llover. En la mesa de la cocina,  El Puerto de la Soledad, tenía sus páginas cerradas, en su parte posterior, una reseña breve concluía: “Algunas de sus cartas esporádicas llegadas de lugares diferentes daban cuenta de él, eran largas y bien escritas.  Había  en ellas una nostalgia indescifrable apenas perceptible. Eran escritas como quien escribía más para sí que para otros. Abrazadas con la lluvia y el viento, nos trasladan a los confines interiores de quien bordea los limites entre la fantasía y la realidad; de alguien, que no encontrando los senderos del regreso, ha de conformarse con vivir en el puerto de  soledad”.

 
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  Autor: nTlrrYrChV1A 20/06/2016
  This artilce went ahead and made my day.  
  Autor: NkCscfRbegBS 18/06/2016
  So much info in so few words. Tooltsy could learn a lot.  
  Autor: D4AmAsCjzNQ 18/06/2016
  Your posting is abeulotsly on the point!  
  Autor: Marta 07/04/2011
  Recuerdos infinitos...!!!como esos límites entre la fantasía y la realidad...
que pueblan mentes tan creativas como la tuya...!!!
Bello...!!!Deja con deseos de otro...
Otro instante eterno...que alguna vez nos muestra la nada y el todo...pero que no somos capaces de explicar como éste autor
¿novel?...quien sabe...

Vuelvo por más...gracias...
 
  Autor: Carmen 08/02/2011
  Un cuento bien logrado, en el reconozco parte de mis recuerdos, Exitos, sigue cultivando la escritura.  
  Autor: Angela Morris 04/01/2011
  Me gusta... es triste y profundo, es de ayer y muy real, bien logrado el impacto de la lluvia y lo emotivo  
  Autor: wanda 27/12/2010
  Excelente.  
  Autor: Miguel 26/12/2010
  Me gusta. Merece ser considerado favorablemente por el jurado. Felicito al autor.
Miguel Munoz
 
  Autor: Marcelo Morán 25/12/2010
  Extraordinario relato que puede ubicarse en la corriente del neorrealismo.Angustia,soledad se confunden de manera muy bien lograda por Edinson. ¡Felicitaciones!
Marcelo