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Autor: Pla Ventura
06/09/2017
RAÚL ALBADALEJO

L

a vida nos presenta ejemplos para que tomemos lección. Seguro estoy que, todos, sin distinción, hemos tenido frente a nosotros el ejemplo para la reflexión; los hay a montones por todo el mundo. Claro que, quizás nos hacen más efecto los que tenemos muy cerca que, si a fin de cuentas somos capaces de tomar lección, bien hallado será el ejemplo. Al respecto de lo que es un ejemplo para reflexionar desde lo más profundo de mí ser, el que cito a continuación lo he vivido en la proximidad de mi vida. Todavía se me llenan los ojos de lágrimas al recordarlo.

Hace pocas fechas se me murió entre mis brazos un amigo querido para, para su fortuna, mientras estuvo en vida era cirujano de un prestigioso hospital alicantino. Raúl Albadalejo que así se llamaba el doctor se había especializado en neurocirugía de toda índole, pero muy centrado en el cáncer de todo tipo. Nos conocimos hace algunos años y, repito, Raúl entró como residente en dicho hospital apenas había cumplido poco más de veinte años lo cual nos certifica que ha estado durante veinte años al frente de su equipo de neurocirugía curando, en estos años, a infinidad de pacientes.


Flores que perpetúan la memoria de Raúl Albadalejo

Si existía un doctor que viviera enamorado de la profesión, éste no era otro que Raúl que, para él no existían horas ni festivos cuando sus pacientes le demandaban, algo que sucedía a diario; no era lo que se dice un trabajador de la medicina, era un tipo vocacional que amaba su trabajo mucho más que a su propia persona; lo decían sus hechos, por tanto, las palabras que podamos decir sobran por completo. Raúl murió cuando contaba cuarenta años y ni que decir tiene que sus veinte años de actividad los ejercitó con auténtica pasión, con auténtico orgullo, todo ello auspiciado por la ilusión que sentía cada vez que curaba a sus pacientes.

En el nosocomio donde prestaba sus servicios, Raúl Albadalejo era querido y admirado por sus compañeros que, todos, sin distinción trataban de tomar lección; más que de su propia ciencia la que dominaba a la perfección, por su manera de ser, por su amor desmedido a la profesión que había elegido y, ante todo, por ser amigo de sus pacientes, un lujo del que disfrutaron los enfermos que a su lado acudieron durante los veinte años que ejerció la medicina y, de sus manos y sentidos, la cirugía al más alto nivel. Es más, el principio de Hipócrates lo ejerció y cumplió como nadie.

Cariñosamente yo denominaba a Raúl como “doctor”. Él, respeto a mi persona me decía, eres mi escritor favorito. O sea que, junto a este hombre y mi persona, la medicina y la escritura se daban la mano.

Cada vez que sus obligaciones profesionales se lo permitían solía llamarme para que le contara mis últimas novedades literarias. Si alguien me conocía a la perfección éste era Raúl, de ahí sus ilusiones ante todo lo que yo hacía que, según él tanto le apasionaba.

Un tiempo atrás, cuestión de pocos meses suena mi teléfono y cuando descubro que es Raúl mi corazón de un brinco de alegría, lo que me sucedía cada vez que este hombre ejemplar me llamaba.

-Hola Luís, te llamo para decirte que estoy en el hospital, me decía.

Su llamada me pareció la más normal del mundo y que estuviera en el hospital, su lugar de trabajo, lo entendía como que me llamaba desde el lugar de siempre.

-Ya me lo figuro, Raúl. Siempre me llamaste desde tu lugar de trabajo porque apenas tienes tiempo para nada, algo que te agradezco muchísimo.

Y prosiguió Raúl al otro lado del cable.

-No me dejaste que te explicara. Estoy en el hospital en calidad de paciente, amigo. De la noche a la mañana me han detectado un cáncer de pulmón y, como te digo, me están haciendo las pruebas pertinentes. Pero no te preocupes, ya te iré contando.

-¡Por Dios, qué me estás contando! – Le dije estupefacto.

-No te pongas triste, Luís, casos como el mío los he visto y tratado a cientos de ellos, por tanto, yo no soy la excepción de nada. Mejor que me toque a mí antes que mi a esposa, Alicia, a la que adoro con todas mis fuerzas como muy bien sabes.

La forma en la que Raúl me contaba todo me tranquilizaba por momentos; en su voz no había desgarro, ni siquiera rencor para con la vida por haberle “obsequiado” con un cáncer maldito. Pero no puedo negar me quedé preocupado; ante todo, expectante ante la evolución de su enfermedad, del posible tratamiento y, ante todo, de la gravedad de la misma.

Mientras Raúl estaba impertérrito contándome su drama, seguro estoy que, de haberme visto la cara de circunstancias que me dejó su noticia, con toda seguridad que se hubiera quedado muy preocupado y, a fin de cuentas, el enfermo era él.

-Bueno, Raúl, estoy aquí para lo que gustes; es decir, como sabes, mi sangre es tuya y mis venas quedan abiertas para ti, amigo del alma.

-No te desgarres el alma que, seguro que encontramos solución para mi mal; de mi parte, como sabes, he curado a cientos de pacientes. Siendo así, ¿por qué no ser yo otro de los pacientes que se cure con el tratamiento adecuado? Te pido que sigas escribiendo y si de tu pluma fluye algo tan bello como SE LLAMABA SOLEDAD, al leerte me sentiré el más dichoso del mundo. No temas que te iré informando de toda la evolución al respecto de mi enfermedad; pero de Dios estará que saldré de este horrible trance. No vendría mal que, en tu fe, a diario, me tuvieras en tus oraciones; siento al igual que tú, de ahí la fe que tienes en Dios, algo que comparto contigo plenamente

.Me quedé preocupado, no puedo ocultarlo, aunque a Raúl traté de trasmitirle optimismo que, en realidad sigo creyendo que es la mejor medicina para cualquier paciente. Era un ser querido al que amaba muchísimo; Raúl era de esas personas que, en vernos tres veces al año sellábamos el pacto de amistad más bello del universo; sí, porque durante el resto del año, ambos, vivíamos en nuestros corazones, el uno junto al otro.

Es cierto que, un hombre como Raúl que trabajado catorce horas diarias, en ocasiones, hasta los fines de semana, dependía todo de la gravedad de sus pacientes, molestarlo me sabía muy mal; pero, repito, ambos sabíamos que nos queríamos muchísimo, lo demás sobraba todo.

Habían transcurrido apenas tres meses desde la conversación que habíamos mantenido y me entraron ganas de llamarle. Si soy sincero debo de confesar que me sentí preocupado. Un cáncer no es ninguna broma porque he visto morir de tal enfermedad a seres muy allegados mi vida. Tras este tiempo transcurrido le pedía a Dios que Raúl estuviera mejor; esa era mi esperanza.

Quedé petrificado cuando al llamar al otro lado del teléfono me encontré con la voz de Alicia, muy compungida por supuesto.

-¡Hola, Luís, soy Alicia! Me contó Raúl que habló contigo y de puso al tanto de su enfermedad, algo que me gustó mucho de su parte; tú eres de los pocos que tenías derecho a saber todo.

-Gracias, Alicia.-Le dije- Pero ¿cómo está Raúl puesto que no he sabido nada más desde el día que él me llamó?

-Mal, muy mal, Luís. Desde que le detectaron el cáncer de pulmón, sus propios compañeros que le están tratando le han dado de vida seis meses a lo sumo, y ya han pasado más de la mitad.

-¿Qué me dices, por el amor de Dios? Pero si Raúl, como tú sabes mejor que nadie, siempre ha sido, además del gran cirujano que todos conocemos, un deportista de élite; hasta participó como corredor de bicicleta en infinidad de pruebas por toda la provincia; en fin, lo que se dice un tipo sano que jamás fumó ni bebió una sola gota de alcohol. La vida os ha jugado muy sucio, querida Alicia. 

-Son las cosas del destino, amigo. Le he dicho que eras tú y no ha querido ponerse al teléfono; te ama demasiado como para que te pongas triste. Tampoco tiene fuerzas para nada. La quimioterapia que le están administrando le ha dejado sin fuerzas; apenas le quedan alientos para respirar que, muchas veces tiene que hacerlo con ventilación asistida. Durante estos tres meses estamos yendo y viniendo al hospital y te aseguro que no me he movido un segundo de su lado. Raúl, en sus locuras, el mes pasado sintió una mejoría y, de repente se ofreció para operar a un niño con un cáncer en el cerebro; se lo propusieron y aceptó de inmediato; en aquellos instantes, Luís, parecía que no estaba enfermo. Lo cierto es que operó al niño, le salvó la vida y tras la operación quedó exhausto, hasta el punto de caer desvanecido en el mismo quirófano. Fue todo un espejismo puso que al día siguiente le tuvimos que volver a internar y aquí estamos.

-Y yo que soy neófito en la materia te pregunto: ¿No tiene operación ese tipo de cáncer?

Es de las pocas dolencias que no tiene intervención alguna y solo la quimio es el único remedio que, en realidad, tampoco sirve para nada, hasta el punto de que Raúl ha dicho que no le administren más sesiones de dicho “veneno”. La decisión la ha tomado él cuando sus compañeros le dijeron que tenía una metástasis general por todo el cuerpo. Él, sabedor mejor que nadie de dicho diagnóstico, decidió que le dejaran en paz.

-¿Me estás diciendo que Raúl se muere?

-Desgraciadamente no tenemos otro pronóstico. Estoy muy triste. Recuerda que apenas ha cumplido cuarenta años, tenía miles de proyectos respecto a su profesión. Imagina que, por ejemplo, para el año venidero había pedido una excedencia para irnos a la India porque quería operar a niños pobres en aquel país, es decir, salvar vidas inocentes. Todo se nos ha venido abajo, amigo Luís. Reza por nosotros, especialmente por ese Raúl que tú amas tanto como yo.

Tras conversar con Alicia quedé roto por completo; se moría mi amigo y con él todas mis ilusiones; la pena me invadió por completo. Raúl era uno de los tipos más cabales que en mi vida conocí. Me costaba mucho conciliar el sueño desde aquel momento. Sentía deseos de ir al hospital para verle pero, Alicia que me conocía tanto como él, me advirtió que no fuera nunca al hospital; ni yo ni nadie, era un deseo expreso de Raúl que quería que todo el mundo le recordaba como cuando gozaba de salud, con su barba, con su alegría, con esa jovialidad con que contagiaba a todo el mundo. En aquellos instantes él se sabía poco más que un cadáver en vida, razón por la que declinó que nadie le visitara.

No me cuesta trabajo alguno confesar lo mucho que sufrí desde aquellos momentos. Raúl sabía que le entregaría su alma a Dios, mientras que yo en silencio lloraba lo que sería su partida.

Poco más de un mes desde aquella conversación con Alicia, de nuevo sonó el teléfono, era ella.

-Luís, ha muerto Raúl. Esta mañana a las seis horas ha entregado su alma a Dios. Se me ha muerto entre mis brazos. Como adivinas le conté que habías llamado y se puso muy contento. Tenía momentos de gran lucidez, justamente los que gozaba como nadie. ¿Cómo está Luís? Me preguntó cuándo le dije que habíamos conversado. He pedido al ser que tanto amé, y tú lo sabes mejor que nadie. Estamos en el Tanatorio de la Santa Faz, acércate si puedes, mucho te lo agradecería.

-Ahí estaré en un rato. Solo quiero fundirme contigo en un abrazo de amistad y de cariño, el mismo que le profesé a él y del que me sentí muy correspondido. Allí me personé y no pude verle, como en realidad él había pedido. El cajón estaba cerrado y, encima del mismo, su foto para que nadie le olvidásemos, justamente, como en realidad era. Me fundí en un abrazo con Alicia, con sus padres, con sus hermanos y allí murieron, junto a Raúl, muchas de mis ilusiones.

Como decía, Raúl ha sido para mí y creo que para todo el mundo, un gran ejemplo de reflexión ante lo poco que somos en la vida, en la fragilidad que tiene un ser humano. Seguro que Dios le tiene a su vera mientras nosotros lloramos su partida, pero lo que nadie nos arrebatará es su figura única e inolvidable, la que vivirá eternamente dentro de mi corazón. Si conocí un tipo genial, ese era Raúl Albadalejo.

 
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