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Autor: Pla Ventura
03/10/2017
OTRO MUNDO

N

o queda otra opción que la reflexión para que, con la misma, tratar de tomar lección. No podemos imaginarnos la suerte que hemos tenido las personas que hemos nacido en Europa; lo vemos como algo muy natural y, sin embargo, ello tiene tintes de milagro porque, en realidad, si el ser humano decidiera el lugar para nacer siempre sería el más apropiado para no sufrir; un sitio donde la desdicha no tuviera cabida, caso de Europa u otros muchos países donde se vive con dignidad.

Pero como quiera que, nacer es un suerte puesto que nadie elige el lugar, reflexionemos para comprender lo bien que vivimos puesto que, a modo de ejemplo trataré de explicar cómo llegó a España una mujer venezolana que, como millones de sus compatriotas tuvo que emigrar de la patria que tanto ama. ¿Qué hubiera querido ella, nacer en España? Pero no, tuvo que ser el destino la que le obligó a emigrar dadas las macabras circunstancias que en Venezuela se dan cita. Se llama Nilda Campos y su historia es rocambolesca, cuando menos, yo diría que aleccionadora para que los demás tomemos lección. Ya sabemos que, al final, qué cosa más extraña el ser humano; nacer no pide, vivir no sabe y morir no quiere.

Nosotros, en España, lo de la libertad lo vemos como lo más natural del mundo; es un logro del que disfrutamos pero que no le damos importancia porque, en realidad, no la tiene; el ser humano tiene que ser libre por naturaleza, por ello, cuanto a éste se le priva de libertad se siente peor que un jilguero en una jaula, caso de mi admira Nilda Campos a la que la vida le obligó a marcharse de Venezuela al igual que varios millones de sus compatriotas, recalando, como es evidente, entre nosotros. Conocí a Nilda Campos por una suerte del destino, algo que llevo ahora con un orgullo desmedido.

Es una pena lo que voy a contar, pero es algo muy cierto. Lo que para Venezuela es una pena porque de todos cuántos emigrantes se han marchado de dicho país, para nuestra fortuna, son todo personas muy talentosas, por tanto, suerte la nuestra que con los venezolanos hemos recibido a gentes de una cultura extraordinaria, de una capacidad de trabajo increíble, casi todos ellos titulados en cualquier área; digamos que, gentes admirables que han dejado un vacío tremendo en Venezuela pero que, dada su categoría nos han llenado de alegría a los españoles, por citar nuestro país, pero debemos de saber que, desde que se instaló el “chavismo” en Venezuela, han sido varios millones de personas las que han salido de estampida de la tierra que tanto amaban. Como digo, la pena que han dejado en Venezuela se ha convertido en alegría para todos aquellos países que han recibido con agrado y simpatía a los emigrantes venezolanos.

Mis conversaciones con Nilda Campos son casi a diario. Aunque ella recaló en Madrid, telefónicamente, raro es el día que no nos comunicamos. Me fascina su voz que, por ser de allende, ya lleva implícita esa dosis de ternura que suele conquistar. A diario, de Nilda tomo lección y, ante todo, la reflexión a la que invito a todo el mundo. Los que tenemos una vida sedentaria en nuestro país de origen, no sabemos la gran fortuna que acaudalamos, puesto que, debemos de fijarnos en ellos, los nómadas de la vida a la que el destino les ha obligado a dejar todo en su país para llegar a una tierra desconocida que, vete tú a saber qué les espera en su llegada. Ni en sueños somos capaces de imaginar la historia.

Usted, yo, el de al lado, pongámonos en la piel de estas personas, de Nilda Campos o en la de cualquier venezolano que ha llegado huyendo junto a nosotros. Me imagino a cualquiera de ellos y, al bajar en el avión, ¿qué sentirán en esos instantes cuando lo han dejado todo en tierra, desde padres, hermanos, hijos, amigos, trabajo…..todo se quedó allí quizás para la eternidad?

Ya, una vez entre nosotros, ¿a dónde ir? ¿A quién hablarle o contactar para pedir ayuda? Difícil la situación que, nada más de pensarla se me caen las lágrimas. Reflexionemos que, la situación creo que lo amerita. Valoremos lo que tenemos y, dentro de todas las dificultades que podamos pasar siempre estamos junto a los nuestros, nuestra familia que, mal que bien, en los momentos difíciles siempre nos brindará una mano.  Siempre tendremos un asidero al que agarrarnos pero, ¿dónde se agarra una persona que viene de otro país sin conocer a nadie?

Este fue el caso de Nilda Campos que, como otros cientos de miles de venezolanos en Madrid tuvo que empezar desde bajo cero. Ella es titulada en Bellas Artes, es escritora y habla inglés. O sea, un lujo de ser humano pero que, en el momento en que llegó era una auténtica desconocida, por tanto, un ser anónimo del que nadie repararía en ella; y lo entiendo porque, han llegado muchos delincuentes y, cuando no se conoce a una persona, toda precaución puede ser poca. Si digo que, la historia de esta mujer me conmovió hasta el extremo de brindarle mi amistad y mi cariño. Se trata de un ser bueno por naturaleza al que amo sin condición.

El pecado más grande que Nilda Campos cometió en Venezuela no es otro que no ser adicta al régimen dictatorial; primero de Hugo Chávez y más tarde de ese conductor de autobuses que, por ser amigo de Chávez, como estamos viendo, rige los destinos de Venezuela. ¿Cabe desdicha peor?

Nilda, en Caracas, a medida que pasaba el tiempo no entendía nada; todo le parecía muy extraño lo que sucedía. Ella era funcionaria en la Universidad de Caracas; tenía su sueldo pero, como todos los venezolanos era víctima de una inflación monstruosa; de la noche a la mañana, al levantarte, de repente entendías que lo que ese sueldo podías vivir, al día siguiente no podías ni comprar una barra de pan. Situación horrible para Nilda y, sin duda, para todos los venezolanos. La economía de Venezuela se ha quedado destrozada por culpa de la política, es decir, de unos tipos nefastos que, como a ellos no les falta de nada, el pueblo al que dicen amar, si se muere de hambre, no pasa nada; le seguimos contando al mundo lo de la revolución bolivariana y, si alguno se lo cree con eso ya hemos triunfado.Una situación horrible de la que nadie podía ni siquiera sospechar que se llegaría a tal dramatismo, máxime cuando, como se sabe, Venezuela, años atrás, era el paraíso soñado para cualquier persona que pensara emigrar para vivir mejor. Que se lo digan a Henrie Charriere que, en los años cuarenta llevó a Venezuela y, de repente, como él confesó se sentía en el paraíso.

En verdad, un modo de vida que continuó hasta la llegada al poder de Hugo Chávez que, amparado por el maldito populismo de esos líderes de barro, su única misión no era otra que convencer al pueblo que había que derrotar al capitalismo; es decir, a las empresas que hicieron grande a Venezuela durante muchísimos años. Es decir, entre tantas carencias económicas, nuestra amada Nilda Campos pudo comprobar en sus carnes como son en realidad los populismos y, sin duda, cómo las gastan los líderes como Hugo Chávez; estás conmigo o contra mí. Es la consigna perenne en todas las instituciones del país.Como ella me confesaba, ser funcionario en Venezuela no da para mucho pero, hasta la fecha en que ella vivió en Caracas su ciudad natal, sin grandes aspavientos podía mal comer; no podía tirar ni maldiciones, pero le llegaba para alimentar su cuerpo. Claro que, lo que ella no sospechaba era que, pobre del funcionario que dependiera del Estado si un día le cogían en un renuncio.

Y a Nilda la cogieron.¿Qué pasó? Un día, como ella me contara, iba manejando por Caracas –manejar es la traducción de lo que aquí llamamos conducir- y en un Stop le paró la policía. Documentación por favor. Le dijo el agente. Ella tenía conciencia de no haber cometido infracción alguna y, mucho menos delito que se le pudiera imputar. El policía le revisó el auto, le pidió hasta la partida de nacimiento mientras que, Nilda, estupefacta no comprendía nada. Nos tiene que acompañar a la comisaría, le dijeron. ¿Qué hice yo? Preguntó ella. Nada, pero debe de acompañarnos. Sus ojos se llenaron de lágrimas ante el estupor que le produjo lo que estaba viviendo. Detenida, llevada a comisaría sin ningún delito que imputarle. ¿Qué hacer? Nada. Todo lo tenía perdido. Allí fue interrogada para que se le imputara un delito de deslealtad al régimen. Le condenaron sencillamente por ser funcionaria y, en realidad, sí había cometido un delito; no pertenecía al chavismo y, para colmo, en el auto llevaba un afiche con la foto de Leopoldo López con un letrero que decía, LIBERTAD PARA LEOPOLDO.

Como sabemos, en Venezuela no existe la libertad puesto que, tanto con Chávez como ahora con Maduro, viven dentro de una dictadura a la que ellos bautizaron como la Revolución Bolivariana que, en definitiva, no es otra cosa que estás conmigo o contra mí, tú decides. Por supuesto que, la gran mayoría están en contra de ese régimen nefasto y caciquil, pero como las leyes las manda Nicolás Maduro, la oposición no cuenta para nada puesto que, Leopoldo López, por ser opositor, está entre rejas en una cárcel de Caracas. Y era ella, Nilda Campos, una de los cientos de miles, millones de venezolanos que no comparten las ideas suicidas del maldito régimen que les ha llevado a la más absoluta de las miserias; lo vemos a diario por TV no hace falta que nadie nos diga nada puesto que, es voz pópuli lo que sufre el pueblo venezolano.

O sea que, pedir libertad para Leopoldo le costó a Nilda tres meses de cárcel; lo más absurdo del mundo, lo irreal, lo increíble, lo dantesco; pero cierto y verdad como el sol que nos ilumina. Sin duda, el tiempo más horrible en la vida de la chica que, jamás, ni en sueños llegó a pensar que un día acabaría con sus huesos en una cárcel.

Entiendo que, todo delincuente, al ser cazado, es lógico que piense que tiene que terminar entre rejas; les gustará poco, pero saben que se exponen a ello mientras ejercen el delito. Pero que un ser inocente se vea privado de libertad, eso debe ser lo más horrible del mundo. Este pasaje me lo ha contado Nilda muchas veces y, jamás ha podido contener sus lágrimas llegado este momento desolador para ella.

¿Cómo es la vida en la cárcel, Nilda? Le pregunté un día. Pero ella siempre quiso declinar esta pregunta porque entrar en detalles es rememorar tiempos amargos que, como ella me confesaba, no merecía la pena porque no le hacía feliz. Días de espanto, horribles, durísimos; con el atenuante de no saber cuándo podrás salir del cautiverio puesto que, lógicamente, la muchacha ni siquiera fue juzgada. ¿Qué delito tenían que imputarle? Si, de que era contraria al régimen saltaba a la vista pero, de ahí a que se le imputara un delito existía un abismo.

Noventa días que Nilda no olvidará jamás y, como dije, tampoco ella quería entrar en más detalles.Como propaganda del régimen, en aquel momento, días antes de Navidad, Nicolás Maduro, presionado por la opinión internacional tuvo una idea genial; una guarrada, pero que tanto benefició a Nilda. En aquel momento, el régimen quiso abrir sus fronteras hacia el mundo y, de repente, Maduro dictó una ley para dejar en libertad a unos cuantos presos políticos y, entre ellos, Nilda Campos resultó ser una de los afortunados.

Como vemos, primero los encarcelaba por capricho y, más tarde, como ocurrió con Nilda y otros presos, les dejaba en libertad para congraciarse con la opinión internacional. Todo un teatro de Nicolás Maduro con la finalidad de “congraciarse” ante el mundo. No es que dejara en libertad a ciertas personas, es que jamás deberían de haber sido detenidos.

Esta maniobra, como Nilda me contó, Maduro solía hacerlo de vez en cuando para contarle el mundo su “generosidad” ante la oposición; pero todo era mentira, que se lo pregunten a Lilian Tíntori y ella nos responderá como corresponde. Como sabemos, un régimen asfixiante el que reina en Venezuela que nadie puede soportar, de ahí la diáspora colectiva de sus gentes que, en búsqueda de un mundo mejor huyen despavoridos; el que puede hacerlo, claro está, que no todo el mundo tiene dicha “oportunidad”.

Nilda Campos me contó todos los detalles de la barbarie que vive su país, algo macabro que nadie puede entender. En realidad, jamás nadie podrá entender nada cuando en un país como Venezuela que era casi la despensa del mundo, en la actualidad, en los últimos años, el caos, la miseria, la falta de alimentos y de libertad a oprimido a dicho pueblo hasta el límite de la locura, la prueba no es otra que, todo venezolano que tiene la más mínima oportunidad, con lágrimas en los ojos, sale volando hacia donde fuere, no importa el lugar, pero siempre en la búsqueda de un lugar más o menos tranquilo donde poder ganar un trozo de pan de forma honrada.

¿Qué hace una persona cuando llega a un país extranjero y no conoce a nadie? Por nada del mundo me gustaría tener que experimentar algo igual. Debe ser horrible y, lo peor de todo es que millones de personas, en este caso, venezolanos, se han visto en dicho trance. Concretamente, ¿qué hizo Nilda cuando llegó a Madrid?

Es cierto que, dentro de todos los males, para ellos, los extranjeros, siempre hay alguien que les tiende una mano; es más, ellos, como por arte de magia se van encontrando y forman un colectivo de amor por aquello de haber abandonado la tierra que amaban, por tanto, en el nuevo país donde recalaron se buscan unos a otros para formar ese grupo de amor donde poder consolarse los unos con los otros.

Es cierto que Nilda llegó a España sin apenas dinero; bastante trabajo le costó reunir el dinero para comprar el boleto de avión para poder llegar hasta nosotros. Una vez en Madrid, para su fortuna, previo al viaje había contactado con una prima suya que llevaba varios años en España, justamente la que le tendió su mano.

Lo realmente hermoso de los venezolanos es que, una vez fuera de su país, allí donde estén, todos se sienten como hermanos y, lo que es mejor, así lo demuestran. Por dicha razón, Lucía, la prima de Nilda le acogió en el piso humilde donde vivía. De entrada, como si de un milagro se tratare, Nilda ya tenía un techo donde dormir.

Entre sobresaltos, quimeras, lágrimas, abrazos, sensaciones y emociones discurrió el primer día de Nilda en España. Fueron muchas emociones como ella me contaba, no era para menos. Sabía que había dejado atrás todo lo que amaba; familiares, amigos, trabajo, país; todo quedaba en la inmensidad de los recuerdos puesto que, posiblemente, tanto ella como les sucede a todos los emigrantes, quizá no vuelvan jamás a la tierra que les alumbró.

¿Cómo no sentir desdicha al respecto? Nilda se sentía abrumada y, a su vez, feliz. Dichosa porque su prima se había portado como una auténtica amiga al recibirle en su casa para darle un techo donde vivir y, en los primeros días, hasta la manutención necesaria para la supervivencia. ¡Estoy libre y en España! Decía para sus adentros; por un lado sentía la felicidad de la libertad y, por otro extremo, la soledad de la incertidumbre. Había que poner la balanza y ésta se decantaba hacia lo que más pesaba, la libertad y poder vivir en paz, orden y concordia, caso de España.

Quedaba mucho por hacer y ella lo sabía, pero ese era el reto, no cabía otro.Nilda y Lucía, a diario, estaban atentas a los noticieros al respecto de lo que pasaba en Venezuela. Lo de siempre. Nada había cambiado. Muertes violentas, saqueos, miseria, desdicha en todos los órdenes. Cuando hacían balance y comprobaban que, desde que Maduro llegó al poder, Venezuela contaba con más de treinta mil personas menos; pero no es que se habían marchado; peor todavía porque habían sido asesinadas sin que existiera un culpable a quién imputar. 

La podredumbre que seguía reinando en Venezuela en todos los órdenes, de algún modo, tranquilizaba a Nilda Campos que, cada día comprendía que, dentro de todos los males había hecho lo correcto, emigrar para buscar un mañana mejor.Dentro de todos los males, como se comprobó, la suerte quiso aliarse con Nilda, sencillamente por aquello de su legalización en un país extranjero que, su fortuna no fue otra que ser descendiente de españoles, no en vano, su abuelo, Ignacio Campos, natural de Bélmez, Córdoba, emigró para Venezuela en los años cuarenta y, esta situación le sirvió como “salva conducto” para que Nilda pudiera legalizarse sin mayores contratiempos.  Ser oriunda de españoles facilitó mucho las cosas a Nilda; respecto a muchos de sus compatriotas, ella era una afortunada.

Es cierto que, antes de lograr sus “papeles” en toda regla, Nilda desempeñó, como lo sigue haciendo en la actualidad, toda serie de trabajos de toda índole; nada le importaba porque en realidad, como todos los venezolanos, no había venido a España a delinquir, más bien a buscar una vida honrada mediante la grandeza del trabajo. Cuidaba enfermos, niños, limpiaba casas, hacía recados de toda índole; decenas de trabajos clandestinos con la ilusión de ganarse su manutención puesto que, Lucía, su prima, bastante hacía con permitirle vivir en su humilde piso muy alejado por cierto, del centro de Madrid.

Confieso haber conocido a muchos venezolanos en España y, todos, sin distinción, me han emocionado. Gentes admirables, casi todos con una titulación altísima, para nada les importa trabajar en el menester que fuere; la humildad reina en sus vidas y mediante la honradez son capaces de afrontar cualquier situación.

Médicos, arquitectos, contables, escritores, cantores, abogados,……..casi todos los venezolanos tienen un título admirable del que deberían de vivir con dignidad ejerciendo la profesión para la que estudiaron. No es el caso porque aquí son extranjeros y ellos lo saben, por eso afrontar la vida desde la perspectiva que se les presenta, pero todo sin odio ni rencor. Ya llegará el momento en que podamos vivir de nuestra profesión, dicen todos.

Como podemos imaginar, la licenciatura en Bellas Artes de Nilda Campos, de momento no le ha dado fruto alguno; claro que, su sabiduría al respecto esa no se la quitará nadie. Es cuestión de paciencia; todo llegará, dice ella para sus adentros. De momento, como Nilda me contara, está feliz en su nuevo trabajo. Ha logrado un contrato para fregar cacharros en la cocina de un céntrico restaurante de Madrid. Está contenta. Le pagan un sueldo digno, está afiliada a la Seguridad Social y se siente feliz con su noble tarea.

Claro que, hasta llegar al “triunfo” que ahora ha obtenido han tenido que pasar tres largos años de trabajos de toda índole, clandestinos todos, sin cotización alguna, pero con la salvedad de que le han permitido la supervivencia.

 
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