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Autor: Pla Ventura
19/10/2017
PIRÓMANOS

L

a tragedia vivida en este mes de octubre por tierras gallegas es algo que nos tiene que hace reflexionar a todos porque jamás en mi vida había visto nada igual; la terrible hecatombe producida en los montes gallegos con cientos de miles hectáreas calcinadas por el fuego son motivo para que todos tomemos conciencia de algo tan dantesco como irreparable.

Este hecho nos hace sospechar que muchas personas están muy mal; digamos que son enfermos a los que habría que curar con la misma medicina que ellos han quemado los montes de Galicia y no digo ya si nos trasladamos al nuestro vecino Portugal que, en las mismas fechas, los incendios han sido todavía más devastadores.

Si analizamos, en honor a la verdad nos estremecemos. Lo digo yo y sin duda, millones de personas, de leer estas letras me secundarían por completo. Hace, por ejemplo, cuatro décadas, apenas había incendio alguno y si tiramos un poco más hacia atrás, nadie podía sospechar que un monte pudiera quemarse, que nunca se ha quemado; pero he querido decir que antaño a nadie se le ocurría la macabra idea de incendiar un monte.

Recuerdo a mi padre, sin ir más lejos, trabajando en el monte junto a decenas de personas más en las que, la mayoría, todos fumaban, hacían fuego para calentarse la comida y nunca en la vida hubo incendio alguno. ¿Qué viene a demostrar esto? Está clarísimo, nunca en la vida ha habido un fuego fortuito; que lo puede haber, pero lo dudo mucho, más que nada por lo que he contado con anterioridad.

El drama lo tenemos servido porque, ante todo, ¿qué podemos hacer con esas mentes enfermas que, en su locura, prenden fuego a los bosques? Claro que, ante todo, habría que encontrar al criminal para aplicarle la pena pero, es tarea imposible. Recordemos que, por ejemplo, el ladrón o el asesino, siempre dejan una pista para poder atraparles y, por dicha razón se les atrapa y condena pero, un pirómano, primero que todo no dejan pista alguna, segundo actúan bajo la cobardía de la noche, la oscuridad y la alevosía más punible.

¿Cómo se localiza a un pirómano? Muy difícil porque como explico actúan en soledad, en silencio y, para colmo con nocturnidad. O sea que, todo lo que ha ocurrido en Galicia quedará impune para el esto de nuestros días y, los criminales, con toda seguridad, se pasearán jactanciosos por las calles de Galicia.

El drama lo tenemos servido. Cientos de miles  de hectáreas calcinadas, cuatro personas muertos, miles de efectivos para tratar de apagar dicho fuegos que, como bendición, al final ha tenido que ser la lluvia del cielo la que ha exterminado el fuego. Para mayor desdicha, cientos de personas han perdido sus viviendas, enseres, automóviles; todo lo que tenían.

Estremecedora la declaración de un vecino de Galicia cuando al respecto le preguntaron por aquello de que lo había perdido todo. Dijo: “Toda mi vida trabajando para tener una casita y, ahora en mi vejez, he visto como las llamas devoraban mi casa” Claro que, había que haber visto la cara de aquel hombre, algo inenarrable; pongámonos en su situación y quizás le comprenderemos.

Al respecto, se habla incluso de intereses creados; es decir, los pirómanos han actuado de encargo cosa más criminal todavía si cabe. La pregunta es obligada, ¿a quién le puede interesar que se queme un monte y que haya esa devastación forestal que ha acabado con millones de árboles? Nadie lo puede comprender.

Criminal, sin duda, el que ha quemado el bosque, pero mucho más criminal el que ha dado la orden para que se queme por esos bastardos intereses que se sospechan. Lo lamentable es que en esta sociedad en que vivimos carecemos de auténticas leyes que nos respaldaron al respecto; es decir, leyes duras, durísimas para este tipo de criminales que, no es que hayan defenestrado la propia naturaleza como tal, es que ha habido muertos y los que pudieron haber sido que, por momentos, en ciertos lugares se mascaba una tragedia incontable.

Como decía, es difícil, por no decir imposible encontrar a un pirómano pero, llegado el caso, si éste cae en manos de la justicia. ¿Cuál sería la pena a aplicarle? Justamente, la que usted está pensando, la que yo corroboro para que, en lo sucesivo cundiera el ejemplo y la gente antes de prender la mecha tomarían la debida nota.

Vivimos en un estado de derecho que, en realidad, como sucede a diario, los derechos más grandes los tienen los criminales, asesinos, ladrones y gente de mal vivir que, como sabemos, por ejemplo matar, es lo más barato del mundo. Ahí tenemos a muchos asesinos de ETA que, en menos de veinte años de condena ya están en la calle, eso sí, con decenas de muertos sobre sus espaldas. Y si se trata de delitos económicos, digamos de los que tienen que ver con el dinero robado y malversado, eso apenas tiene culpa alguna. Y si la tiene se paga la fianza impuesta por el juez, con el dinero robado, y a la calle.

En los últimos años, delitos como el expuesto, se han dado por cientos en individuos aberrantes, carentes de ética y sentido común; pero se hicieron ricos mediante el fraude de todo tipo. ¿Cuántos de ellos están en la cárcel? Unos pocos por aquello de dar algún ejemplo pero, la mayoría siguen viviendo como reyes gracias a sus actos criminales puesto que, muchas veces la justicia no tuvo agallas para detenerles y, otras muchas, porque gracias a los abogados avispados han sabido burlar a la justicia.

No camina bien nuestra sociedad, las pruebas lo dicen todo. Lo triste de la cuestión es que nadie puede ponerle remedio. Me quedo, como ejemplo, la del violador de Chiapas en México en que, una vez detenido, el alcalde del pueblo lo entregó a sus vecinos para que impartieran justicia con el individuo violador de niñas de diez años. Le dieron su merecido y, al parecer, en Chiapas ya no salió otro violador.

Se lo pregunto a usted, amigo: ¿Qué haría usted con un violador que hubiese violado a su hija de diez años?  Responda, por favor, que todos estamos ansiosos por saber su respuesta, por ello le pedía que se pusiera en la piel del padre mortificado por dicha causa.

Tras lo de Galicia, como siempre ocurre, nos queda la rabia, la desesperación, la desolación para las personas que lo han perdido todo y, la pena horrible de todos aquellos que sabemos la grandeza de la madre naturaleza en calidad de bosques maravillosos que, por culpa de un mal nacido que queda impune ante la sociedad en que vivimos. Eso es tanto como tener que convivir con el asesino de tu hijo en la casa de al lado, algo que también ocurre en nuestra sociedad.

¿Son en verdad eficaces las leyes que tenemos, o lo que en verdad necesitamos es que se apliquen con toda la dureza que el motivo demanda? La respuesta quizás sea complicada, pero la realidad es la que hemos vivido, la que no podemos cambiar. ¿Cuántos años habrán de transcurrir para que, una vez reforestado todo el monte gallego, los árboles sean como lo fueron ahora cuando se quemaron?

Sobran leyes, digo yo. Es decir, si algún día se encontrara al pirómano criminal que ha hecho todo el daño del mundo, con aplicarle como pena de cárcel, los mismos años que tardarán los árboles que ahora se planten, con ello ya podríamos darnos por satisfechos. Claro que, el problema es mucho más profundo. ¿Quién inculca al pirómano a ejercer dicho acto criminal?

Posiblemente, en la educación que reciban los niños en los colegios quizás esté el quid de la cuestión. De forma natural, uno no puede llegar a creer que puedan existir mentes tan malvadas por sí mismas; para llegar a ese grao de maldad barrunto que se necesita de un adiestramiento desde la propias aulas. Cuidado con lo que enseñamos y, lo que es peor, con lo que decimos que, los niños siempre toman lección y, lo que es peor, un día serán adultos y, como ahora, quemarán los montes.

Al respecto de los malhechores, leyes al margen, lo ideal sería que a todos se les aplicara la misma ley que ellos han ejecutado contra su prójimo. Ojo por ojo, diente por diente. No puede ser de otro modo. Lo demás todo son pantomimas que no conducen a nada y, como decía, en demasiadas ocasiones, los asesinos de ETA siguen viviendo en las mismas calles que lo hacen los familiares de los que vieron asesinados por los criminales. Ya han cumplido su pena, diría un progre.

Es cierto, pero yo quisiera ver a ese progre con su padre asesinado, con su esposa muerta, con su hija violada y con su casa quemada. ¿Hablaría de igual modo? Como diría un castizo, una cosa es predicar y otra muy distinta dar trigo. 

 
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