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Autor: Pla Ventura
02/11/2017
LA VEJEZ

L

a desdicha de todo ser humano –o dicha, según se mire- no es otra que llegar a la vejez. Es el estadio final donde iremos todos para refugiarnos en el último envite de la vida. Triste, pero real como la vida misma; nacemos para morir y, afortunados los que sumamos años y, como digo, que al final lleguemos a la muerte con la vida vivida por aquello de los años transcurridos.

Esta es la lógica de todo ser humano, lo triste es cómo se llega muchas veces a la vejez por aquello del entorno que nos rodea. Antes, todavía no hace muchos años, las personas mayores morían en sus casas, junto a los suyos; es decir, amparados sus descendientes que, como siempre ocurrió en la vida, éstos cuidaban y mimaban a sus progenitores. Pero lo tiempos han cambiado mucho y, para desdicha general, los viejos ya no mueren en sus casas. Las obligaciones profesionales de los hijos les abocan al abandono de sus padres, no siempre de forma voluntaria, pero sí de una realidad que aplasta. ¿Qué hacer al respecto? Como quiera que esa realidad es impenitente, el Gobierno de la nación, ante todo, deberían de potenciar lo que antes se llamaba Asilo de Ancianos; ahora, como quiera que el nombre suena fatal les llamamos Residencia de Ancianos que, en realidad, viene a ser lo mismo, pero adornado para el caso.

Tenemos que atenernos a los tiempos que vivimos y, si las universidades son imprescindibles para los jóvenes, tanto como las escuelas para los niños, las Residencias de Ancianos son vitales en los tiempos actuales. No podemos dejar morir a nuestros viejitos de mala manera. Afortunadamente todavía quedan gentes que, sin las obligaciones de trabajo a que antes aludía, todavía pueden hacerse cargo de sus mayores; claro que son los menos, cosa que entiendo a la perfección. 

He visitado algunas de las aludidas residencias y lo confieso, son realmente admirables, lógicamente, casi todas son empresas privadas que nos ofrecen la posibilidad de hacer lo que nosotros no podemos, cuidar de nuestros mayores. En dichos centros, para fortuna de los allí residentes hay de todo; desde asistencia médica, hasta cualquier necesidad que se precise al respecto.

Nuestro Gobierno respectivo, del que color que fuere, en los últimos años han construido muchas cárceles lo que viene a demostrar que somos un país lleno de delincuentes puesto que, como sabemos, en otros países de Europa no tienen cárceles. Si se construyeron será porque hacen falta; en realidad, faltan muchas más para la cantidad de delincuentes que tenemos. Pero eso viene a demostrar que nuestro Gobierno se ocupa de las malas gentes, con toda seguridad, para darles su merecido, pero se olvida de nuestros mayores que necesitan mucha más atención que todos los delincuentes del mundo juntos.

Una cárcel más o menos, nada importa pero, la pregunta es la que sigue: ¿Con el dinero que cuesta la construcción de una cárcel, cuántas Residencias de Ancianos podrían construirse? Sin duda que, una residencia es mucho más productiva que una cárcel y, en el peor de los casos, más humana que en realidad es lo que le falta a la sociedad en que vivimos, humanismo.

Fijémonos que, por ejemplo, a nivel de sanidad, en España hemos alcanzado unos niveles que ya los quisieran muchos países de Europa y no digamos de América que, sabedores de cómo funciona nuestra seguridad Social, muchos enloquecen nada más de pensarlo. Y si dimos aquel importantísimo paso del que somos la admiración del mundo, ¿a qué esperamos para lograr que todos nuestros ancianos sean atendidos, día y noche, como ocurre con cualquier enfermo? Recordemos que, las enfermedades son temporales pero la ancianidad es una cuesta abajo, un declive absoluto que necesita de la mayor atención del mundo puesto que es irreversible y sin curación. Es cierto que, muchas empresas se han percatado de dicha necesidad y, al respecto, han construido Residencias maravillosas en las que todo anciano tiene la atención soñada.

El problema, para muchos de nuestros mayores no es otro que no disponer del dinero necesario para poder ingresar en dichos centros, de ahí que, nuestro Estado Español, a falta de centros geriátricos públicos, éste debería de financiar la parte que les pudiera faltar a tantos mayores que, desamparados por el destino solo tienen como único recurso recalar en dichos lugares donde puedan encontrar esa paz que tanta falta les hace.

El quid de la cuestión no debería ser otro que fuéramos capaces de pensar que, sin darnos cuenta, todos seremos viejos, por tanto, necesitaremos de dichos servicios y, por ende, en dichos centros de asistencia los que deberían de proliferar como ha sucedido con las cárceles aludidas.

La sociedad en que vivimos lo ha complicado todo hasta el extremo de la locura. Como antes dije, años atrás, nuestros mayores morían en casa que, en realidad, ese debería ser el lugar idóneo para partir de este mundo. Cambiaron nuestros modos de vida y, ahora, nuestros mayores nos estorban o, en su defecto, por miles de obligaciones que tenemos contraídas no los podemos atender.

La tristeza, dentro de lo mejor, no es ir a parar a un centro de acogida para ancianos que, si se me apura, es lo más adecuado; la pena horrible vendrá dada cuando esas personas mayores en que, muchos matrimonios criaron a varios hijos y, ahora mismo, todos esos hijos, nadie puede hacerse responsable de sus padres. ¿Habrá desdicha mayor para un ser humano que admitir tan macabra realidad?

El ser viejo no tendría mucha más importancia de la que tiene; lo realmente dantesco es que, en la actualidad, ser viejo es sinónimo de objeto al que no sabes dónde meter.Y, ante todo, recordemos que, al respecto, lo peor está por venir. Las generaciones que nos seguirán serán sin dudas más desalmadas que las actuales; nadie reparará lo más mínimo en los padres que, como antes decía, serán puros objetos mal olientes. Vivamos para verlo.

La sociedad se ha desgajado por completo; el humanismo ya quedó obsoleto y, lo que antes era rociado de amor hacia nuestros mayores, ahora es una pesada carga que nos impide ser felices. ¿Qué entenderán muchos por la felicidad? Todos fuimos niños y nos cuidaron como tales. Los ancianos, en realidad, son los niños que ahora deberíamos de cuidar nosotros como prueba de gratitud hacia nuestros mayores que, además de darnos el ser, nos educaron y nos hicieron gentes de bien para el devenir de nuestra sociedad.

Si en realidad es así, ¿dónde está el ejemplo?

A tenor de lo que digo he escuchado muchas veces en boca de muchas gentes aquello de que lo viejos molestan. ¿Cuándo molestaste tú a tus padres? Eso no lo recuerda nadie. Recordemos que, entre la niñez y la adolescencia pueden pasar muchos años en los que, los padres con cariño y amor se entregan hacia sus hijos en todos los órdenes, enseñanza, sacrificios de toda índole, enfermedades, situaciones de distinta índole que le han quitado el humor a dichos padres y, al final, en el tránsito de última hora como pueda ser la poca vida que les quede a los padres, decimos que nos molestan. ¿A qué aspiramos?

Como decía, tras todo lo vivido, soy capaz de comprender a todo el mundo, hasta los hijos ingratos que no saben del sufrimiento que ellos les han dado a sus padres. Es decir, si al final el anciano encuentra, como mal menor, una residencia donde acabar su días tampoco es lo peor, algo que nos debemos de concienciar todos.

Ese último refugio, para los que lo tengan, a fin de cuentas es como el paraíso soñado puesto que, antes de que nadie se sienta o le traten como a un objeto, en una Residencia de Ancianos, en el peor de los casos hay compañía, distracción, amigos y, en definitiva, una forma plácida de decirle adiós a la vida.

Es cierto que, en este sentido, ha conocido a personas de una nobleza sublime que, en verdad, sin tener posibilidad alguna de poder atender a sus padres, han hecho el tremendo sacrificio de, incluso, pagar dicha manutención para que a los viejitos no les falte de nada y, a su vez, ir a visitarles de forma muy seguida para que jamás se sientan solos.

Imagino que, el abuelo, de estar en plenitud de sus facultades, comprobar que los hijos acuden, por ejemplo de forma semanal para darles un abrazo, la dicha debe ser impresionante. Es cuestión de darle a cada momento de la vida la razón que le corresponde y, nuestros viejitos deben ser el norte de nuestras vidas, estén en nuestras casas o en los centros adecuados, pero que jamás tengan la percepción de que se quedaron solos.

 
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  Autor: Marta Ecco 16/11/2017
  Luisito querido:
por favor,envialo a mi correo,Quiero que lo lean en mi gobierno...te amo chiquilín.