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Autor: Pla Ventura
21/11/2017
APRENDER A VIVIR

T

enemos que aprender a vivir junto a las voces discordantes que están a nuestro alrededor. Todos creemos tener la razón, de ahí la discordia a la que aludo. Desde un niño chico hasta una persona muy adulta, de escucharles, de todos podemos aprender lección. No cerremos jamás la puerta al diálogo. Como dije, no todos piensan como nosotros. ¿Qué hacer? Lo dicho: conversar, dialogar con todos para llegar al entendimiento.

Pobre de todo aquel que crea que está en posesión de toda la verdad. Muchas veces vivimos equivocados y es conveniente encontrar a alguien que nos rectifique; claro que, es cuestión de saber escuchar, estar atentos a la vida que, de repente, sin pretenderlo, encontramos la más bella lección.

Aceptar con resignación nuestra derrota es otra forma de haber ganado la batalla. Si de cada envite con la vida tomamos lección, será entonces cuando la misma habrá valido la pena. Si somos capaces de alejarnos de la crítica desterraremos el resentimiento de nuestras vidas, por tanto, encontraremos una manera placentera de vivir.

Los profetas no existen; somos nosotros lo que con nuestras acciones ejercemos de profetas pero, desdichadamente, vaticinamos un pasado que ya es historia. Así de pobres somos. Claro que, la gran tristeza del ser humano no es otra que, al respecto de las profecías nos creemos ricos; sí lo seríamos si en verdad predijéramos el futuro que, como se sabe, es cosa de Dios, por tanto, apenas somos criaturas mortales imperfectas que, en demasiadas ocasiones no encontramos el rumbo, de ahí las caídas a las que la vida nos somete.

Intenta llevar la cruz que te ha tocado arrastrar con la mayor resignación. Recuerda que todos llevamos la nuestra, nadie escapa de dicho maleficio puesto que, como sabemos Jesús la arrastró hasta morir en el Gólgota. Nosotros, cuando menos, mientras nos queden fuerzas para seguir arrastrándola todo será ganancia. Las hay de toda clase y condición; si miramos hacia atrás hasta es posible que encontremos consuelo porque las hay pesadísimas. Pero sí, es un maleficio que vive con nosotros; nadie pide una cruz, pero la vida te la entrega, en la condición que fuere, de la manera menos esperada y mucho menos pensada; pero ahí está la cruz para que valoremos la vida.

Lo que nos consuela, al menos a las personas que tenemos fe es que un día de la vida pasará todo y recuperaremos la ilusión por vivir. La tarea es dura, pero la tenemos que afrontar. Fijémonos y veremos que, hasta los más ricos, todos, en su fuero interno arrastran una cruz; que nadie crea que solo los pobres sufren dicho castigo. Unas son más quesadas que otras, todo dependerá de la fuerza de cada cual. Pero cada uno, en la medida de nuestra fuerza, ahí la tenemos para arrastrarla, sencillamente para que comprendamos la dureza de la vida; digamos que las cruces que soportamos no son otra cosa que una prueba de humildad; digamos que existen para que nos sintamos más humildes ante la vida y, ante todo, junto a nuestros hermanos.

Claro que, si Dios la llevó e incluso le bastaron fuerzas para llegar al final, es decir, hasta la muerte a la que fue sometido, la prueba no puede ser más aleccionadora para todos nosotros. Si el más grande de los hombres que han existido sobre la faz de la tierra tuvo valor, alientos, fuerzas y voluntad para arrastrarla, ¿de qué nos quejamos nosotros que, en la cruz y en lo que fuere, Dios nos hizo a su imagen y semejanza?

La mía es muy pesada, me dijo un día un amigo y, no le faltaba razón; su madre enferma con diagnóstico irreversible llevaba varios años muriéndose. Al final su madre murió y él respiró porque, de momento, la cruz que arrastraba ya no le pesaba lo más mínimo; vendrían otras, él lo sabía, pero de momento estaba sintiendo paz, la que le otorgaba la vida como premio al haber sido capaz de arrastrar la pesada cruz sin la menor lágrima y con toda la entereza del mundo.

Así nos lo recuerda el Evangelio según San Mateo. Toda cruz, por pesada que fuere, es toda una lección de vida. Repito que, si la llevó el Maestro con dignidad, incluso con orgullo, nosotros, pobres pecadores no nos queda otra opción que emularle por completo. El mundo está lleno de cruces; todos somos portadores de la nuestra. Siendo así, ya tenemos un motivo para consolarnos.

Como dije, en la cruz y con cualquier circunstancia de la vida cuando creemos que todo se acaba, si miramos hacia atrás comprendemos en el acto todo aquello que nos sucede. Recordemos que todo pude ser peor, por tanto, aceptemos con resignación lo que nos ha tocado que, mucha veces, por su liviandad, no nos percatamos de la dureza que sufren otras personas en la pesadísima carga de las enfermedades, el no tener trabajo, el haberse arruinado, el haber perdido al ser que más amabas; mil y una cruces de toda índole que, como explico, si comparamos siempre encontraremos remedio para nuestros males.

 
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