Plumas invitadas
Las fábulas de Pla Ventura
Entre lo Divino y lo Pagano
Frases célebres
Noticias
videos de Facundo Cabral
 
 
Autor: Pla Ventura
05/12/2017
PECADO MORTAL

A

cudir a Madrid y no ir al Café Gijón es casi un pecado mortal; por ello, como buen creyente que soy siempre que acudo a la capital de España ese lujo no me lo quita nadie. Se trata de un lugar emblemático, un sitio para el ocio, para la tertulia, para los encuentros con amigos; en definitiva, un Café en el que se respira paz y se disfruta del mejor café del mundo.

Y fue allí donde me encontré con una experiencia inolvidable; algo que me resultó muy difícil de digerir y mucho más de entender. Convengamos que las gentes de mi generación somos reacias a muchas de las actitudes que ahora vivimos en la sociedad actual; cosas y situaciones rocambolescas que, para muchos, dicen que son normales; por mi parte digo que me parecen extravagantes por no decir aberrantes. Lo que cuento a continuación nos viene a demostrar la anormalidad en la que vivimos, algo tan increíble que, de no saberlo y constatarlo jamás me lo hubiera creído.

Esa tarde otoñal en el Café Gijón compartí mesa con un amigo querido de Madrid y, ambos fuimos servidos en el café por Mauricio Rosales, un muchacho espléndido con una educación exquisita y con una cultura inaudita; vamos que, para un sencillo camarero, sus formas y modos me resultaban sospechosas en el más bello sentido de la palabra.

Como quiera que siempre fui muy curioso, todo aquello que me despertaba sospechas me apasionaba saberlo, digamos que abordarlo por aquello de disipar las dudas que me atenazaban. Y, mi sospecha, en aquel admirable lugar no era otra que la conversación que tuve con Mauricio; sus formas, modos y maneras de servir al personal me parecían muy distintas a lo que entendemos como un camarero convencional. No lo sabía explicar, pero me sentía lleno de dudas. Aquel hombre que nos atendió por sus formas y maneras intuía yo que, además de ser camarero, profesión tan honrosa como la primera, nada tenía que ver con el trabajo que el hombre tan dignamente desarrollaba. ¿Qué hacer? Lo que hice. Esperar hasta casi el local se quedara sin gente para conversar con Mauricio. Mis sospechas estaban muy bien fundamentadas. Mauricio no era camarero profesional aunque, su trabajo lo desempeñaba con una destreza admirable. Es decir, pocos se dieron cuenta de lo que yo sospechaba, mérito que acrecentaba mucho más la personalidad de este muchacho admirable.

Mantuvimos una charla hermosa en la que Mauricio me confesó sus cuitas, sus afanes, sus deseos, sus frustraciones y, ante todo sus anhelos. Mauricio Rosales es venezolano pero, a tenor lo que pude ver, está sufriendo el mismo mal que cualquier español de los cientos de miles que han terminado una carrera y no encuentran trabajo. El muchacho lleva tres años en España, es licenciado en derecho y saxofonista. O sea, otro talento más de los miles y miles de venezolanos admirables que han llegado junto a nosotros.

Para colmo, es decir, para que mi admiración creciera un poco más hacia su persona, Mauricio me confesaba su gratitud hacia la empresa porque le había contratado para servir cafés. Todo un honor para este ser humano admirable que, con dos carreras terminadas, ambas con lógicas expectativas de trabajo, no puede ejercer ninguna de las dos y, pese a todo, le da gracias a Dios porque, como camarero puede ganarse la vida. De igual modo me contaba el chico que, los fines de semana o los días que libra en su honroso trabajo, acude junto con otros compañeros a una estación de metro en la que, junto a otros cinco músicos, forman un sexteto admirable para el regocijo de los viandantes que, cada cual en la medida que puede, deja en el sombrero que tienen como “hucha” las monedas que creen necesarias para “pagar” el arte que se les ofrece mediante la música.

Dicho lo contado, algún idiota podría rebatirme diciéndome que Mauricio podía haberse quedado en su casa puesto que, posiblemente, antes de venirse hacia España quizás se hubiera informado de que las cosas en nuestro país no son precisamente de color de rosa. Justamente lo que hizo el venezolano antes de partir hacia España; es decir, Mauricio sabía que nada sería sencillo, pero jugaba con la baza de que traía bajo el brazo dos licenciaturas, no venía a jugar al azar para ver si había suerte. Cualquiera, en su lugar, hubiera hecho lo mismo. No seré yo el que juzgue a ninguna persona que haya venido a España para ganarse la vida de forma honrada, ¿verdad, Linda Dambrosio?

Mauricio Rosales huyó de Venezuela como lo han hecho cientos de miles de sus compatriotas. ¿A que puede aspirar cualquier joven en un país donde la miseria, la desdicha, la desolación y  el hambre están a flor de piel por culpa de un desalmado que dice ser el presidente de la nación? La solución es huir, algo que han hecho la gran mayoría de los jóvenes venezolanos puesto que, en Venezuela, el futuro, además de incierto no es nada esperanzador.

Mauricio creyó, como me hubiera sucedido a mí que con dos licenciaturas podría encontrar trabajo en España; es cierto que no ha podido desarrollar ninguna de las dos carreras admirables que tiene pero, lo que se dice trabajo lo tiene, por tanto, no fracasó; su idea era buena y la prueba es que su trabajo lo está desempeñando con una vitalidad y soltura que, como demuestra cada día, cualquiera podría certificar que el chico ha pasado toda su vida sirviendo cafés en las mejores cafeterías del mundo.

Lo que estamos viviendo en el mundo laboral en esta España del 2017 no es otra cosa que el resultado de aquella maldita crisis que empezó por azotarnos a principios del 2008 y que, pese a todo, el bobo de José Luís Rodríguez Zapatero como presidente de España, seguía afirmando que todavía jugábamos en la “Champion” a nivel de economía. O sea que, cientos de miles de personas se estaban quedan sin trabajo, perdían sus casas, se quedaban en la miseria y, ese pobre hombre ni se enteraba; claro, era político. De haber sido gestor de cualquiera de las miles de empresas que tuvieron que cerrar por falta de medios, de trabajo y de contratos, seguramente se hubiera enterado. Como siempre dije, todos los políticos no son tontos ni bobos; pero sí todos los bobos y estúpidos militan en cualquier partido político y, lo que es peor, algunos, como Zapatero, hasta ostentaron la presidencia del país.

En una España totalmente en quiebra, a partir de aquel momento, cientos de miles de jóvenes, unos porque perdieron el trabajo y los más, es decir, todo aquellos que salían dela universidad con su título debajo del brazo, ¿qué tenían que hacer? Lo que hicieron, huir despavoridos hacia Europa y América, algo que por la lamentable situación de España que todavía no sea repuesto de aquel amargo trance, los jóvenes, en su gran mayoría, siguen emigrando en la búsqueda de un honrado trabajo. Si lo hacemos nosotros, desde España, porque queremos un porvenir mejor, ¿qué no harán los venezolanos que no tienen ni lo más elemental en su país?

Dicho esto queda clarísimo que puedo entender a todo el mundo; hasta los cientos de miles de desdichados que, engañados llegan en pateras hasta España porque, por el amor de Dios, en sus respectivos países no tienen ni un trozo de pan para llevarse a la boca. Pongámonos en la piel de todos los desdichados que llegan en patera porque previamente les han prometido que en España hay trabajo para todos.

¿Qué haría usted si no tuviera ni un trozo de pan para dárselo a sus hijos y el primero que pasare por la calle le prometiera llevarle a un país donde hay trabajo y dignidad? Eso es lo que les dicen; la llegar, claro, se encuentran con la triste realidad. Todos nos subiríamos en la misma patera por lograr tener una vida más digna. Es cierto que Mauricio no vino en patera porque con unos ahorros que tenía y la ayuda de sus padres pudo comprar el billete de avión para aterrizar en España, un país que, como él confiesa, le han acogido con cariño, hasta el punto de sentirse un auténtico afortunado porque, pese a sus licenciaturas, sirviendo café puede vivir con dignidad; de que vive en un piso alquilado a las afueras de Madrid y compartido con otros tres chicos, eso sería el mal menor; es decir, lo que para muchos nos resultaría un drama al más alto nivel, compartir piso con otros chicos, para Mauricio, alcanza tintes de normalidad.

Esa es la grandeza de estas personas que, por encima de todo, como sus hechos demuestran vinieron a España a trabajar sin importarles el tipo de trabajo, ni la distancia, ni la forma de compartir una humilde vivienda; solo les importa el trabajo y, teniéndolo, ya son los reyes del universo.

 
  Nombre
  Email
 
  Comentario
 
INSERTE EL CÓDIGO para activar su opinión
CAPTCHA Image
código:     ((Pincha si no puedes leer el código))

 
consulta y respeta las normas de uso