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Autor: Pla Ventura
04/04/2018
UNA CURA DE HUMILDAD

S

in pretenderlo, debido a una enfermedad de un ser amado me he pasado siete días en un nosocomio. Yo no era el enfermo, a Dios gracias, pero sí el acompañante de la persona amada. Lo que se pretende dentro de un hospital, como es lógico, no es otra cosa que la curación de los pacientes, algo que ocurre muy a menudo; es decir, en dichos centros se cura a las personas pero, al mismo tiempo, qué duda cabe, también se muere. En el tiempo aludido dentro del citado nosocomio me dio tiempo para reflexionar y, de qué manera, Dios mío.

No hace falta doctorado alguno para comprender, desde las habitaciones de un hospital lo poquito que somos y, lo que es peor, lo poco que valemos. De alguna manera, todos, sin distinción, deberíamos de estar en dichos centros aunque fuera de espectadores o acompañantes; la reflexión está servida ante todo lo que allí puedes encontrarte.

Por supuesto que, allí dentro, inevitablemente, todos hablamos de lo mismo, de la enfermedad que azota al ser amado y, dentro de todos los males, todos nos consolamos unos con otros; es decir, a medida que vas oyendo relatos comprendes que hay casos más sangrantes que el tuyo, algo reconfortante dentro de todos los males que allí se dan cita. En el hospital todo el mundo se cura, ante todo en cuestiones del alma; el cuerpo es el que intentan curarte pero, en el caso de los acompañantes, es el alma la que se cura de inmediato.

Son muchas las circunstancias que le rodean a uno como para no reflexionar; allí compruebas que la vida apenas es nada; que puede acabarse en un suspiro. Yo mismo pude ver cuatro cadáveres en el breve plazo de tiempo que allí estuve; personas que dejaron este valle de lágrimas de distintas edades; me impresionó el cadáver de un muchacho de apenas cuarenta años; la tragedia ante mis ojos estaba servida. ¿Qué somos, de qué presumimos cuando en realidad no somos nada?

El nosocomio, repito, es la mejor cura de humildad para cualquier ser humano; hasta el peor de los malvados, de pasarse una temporada allí dentro seguro que reflexionaba ante sus maldades.

En centro hospitalario no existe otra conversación que no sea otra que las enfermedades; cada cual cuenta la suya, sus motivos, sus tiempos de curación, de espera ante los resultados; mil circunstancias que te doblegan en calidad de ser humano. Todo cuanto allí dentro ocurre es motivo de reflexión, ante todo, repito, para comprobar que la vida no vale nada cuando, en realidad, de forma inocente, nos creemos eternos por todo aquello que queremos acaudalar que, en definitiva, todo lo que obtengamos lo dejaremos todos en este mundo.

Si reflexionas en el nosocomio te sobra tiempo para pensar que todo lo que tenemos, TODO es prestado, nada nos pertenece, salvo el alma a la que curamos con nuestra actitud frente a la vida. Recordemos que el escribano devolverá la pluma, el herrero el martillo, el albañil la espátula, el fontanero la llave grifa; así en todas y cada una de las profesiones que tenemos en este mundo. Todo lo dejaremos aquí y, nos marcharemos desnudos, como vinimos al mundo. Y la cuestión es la siguiente; si todo es tan simple, ¿cómo es posible que, todos, sin distinción, tengamos que acudir a un centro hospitalario para comprobar las miserias que allí se dan cita para entender nuestra propia vida y, lo que es mejor, nuestra grandeza cuando tenemos la salud?

El llanto, el dolor, la herida, la muerte, todo ello se da cita dentro de un hospital. Una vez comprobado dicho aquelarre, todo ello nos debería de servir como lección. Yo, humildemente, así me sentí, aleccionado por completo. Sin duda que quien haya pasado por dicho trance  y no tome la debida lección es que no tiene sangre en las venas o, lo que es peor, no tiene cerebro.

Las lecciones allí dentro son muchas; en definitiva, no aprender en tal “escuela” me parece un pecado mortal por no decir un agravio contra la propia vida. Durante mi estancia en el hospital pude conversar con muchas personas pero, como quedó demostrado, lo que en la calle nos inquieta, allí pasa todo desapercibido.

No escuché a nadie hablar de política, ni de fútbol, ni de religión incluso que, en realidad, ese tema sí debería ser recurrente; pero no, allí todo gira en torno a lo mismo, la salud de las personas y, en muchas ocasiones cuando te cuentan respecto a la muerte. El nosocomio es un lugar de penitencia para los que acompañan al enfermo y un centro de esperanza para el enfermo que, ante todo, lucha por curarse, algo que ocurre en miles de ocasiones.

Pero no olvidemos jamás que, la muerte, con su guadaña a cuestas, hace guardia en todas y cada una de las habitaciones para, en cuando te descuides, se lleva su presa preferida; como dije, es algo que pude comprobar en cuatro ocasiones en tan reducido espacio de tiempo como allí estuve.

Como diría José Alfredo Jiménez, el cantor mexicano que se inmortalizó con sus melodías, la vida no vale nada. ¡Cuánta razón tenía el gran José Alfredo!

 
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