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Autor: Pla Ventura
18/06/2018
18 DE JUNIO 1964

M

ás de medio siglo me separa de aquel aciago día de junio en que reinaba la calor y en la que por las calles los niños jugueteaban con las piedras que había en las mismas porque, como se presupone, el asfalto no había llegado hasta nuestro pueblo. Todo era rural, pueblerino como era natural en aquellos años en que, pese a todo, la felicidad era una constante en aquellos días.

Aquel día referido noté que todo el mundo era feliz; todos menos yo y mis allegados y familiares que, en tan macabro día, en la iglesia del pueblo yacía el cuerpo inerte de Soledad Ventura que, para mi fortuna o desdicha, era mi madre; fortuna por haberla disfrutado durante catorce años de mi existencia y, desdicha, sin duda la peor, perderla cuando ella contada con treinta y ocho años de edad.


Así de bella era Soledad Ventura

Tantísimos años después sigo notando una sensación rara dentro de mi ser. Parece que fue ayer todo lo que estoy contando; no, no han pasado los años porque sigo sintiendo la misma desolación que aquel día. Repito que, mientras que los niños correteaban por las calles, en aquel instante yo tenía una pena incontenible; no era para menos. Me despedía de la mujer que tanto amé que, para mi suerte, era mi madre.

Es tanta la añoranza por esta persona singular e irrepetible que, ayer mismo estuve conversando con Remedios Durá, una contemporánea de mi madre que, para mi suerte, era amiga de Soledad Ventura y, lo que Remedios me ha contado mil veces sobre mi madre, pasado el tiempo, me sigue estremeciendo, razón por la que me ilusionaba platicar una vez más con dicha señora que, con una lucidez fuera de lo normal, me seguía contando cosas de mi madre que, como siempre, mis lágrimas se deslizaban por mis mejillas.


Y aquí me cupo el honor de contar sus vivencias

Remedios es mi envidia, como siempre le digo; eso de tener 90 años y seguir en vida con una mente lúcida, clara, rotunda y buena, eso emociona a cualquiera y pensar que fue amiga de mi madre ya es el colmo de la dicha.

Sigo sintiendo escalofríos en mi alma al pensar en aquella señora que, además de darme la vida, por su muerte, me otorgó la libertad para vivirla, un tesoro al alcance de muy pocos; es decir, me hizo dos regalos únicos en el mundo, darme la vida y la libertad para vivirla y administrarla, cosa que hice, es cierto, a su imagen y semejanza.

Fijémonos que, sin ella, pero aferrado a sus recuerdos, a sus enseñanzas, a su hábitos respecto a su conducta con el ser humano como tal, todo eso propició dentro de mi ser toda una lección que tanto me ha valido en el devenir de los años.

Como diría nuestro ínclito Facundo Cabral, se llamaba Soledad, la elegí como madre por la misma razón por la que Dios la eligió como hija; nunca pudo ser inteligente porque cada vez que estaba por aprender llegaba a felicidad y la distraía; nunca usó agenda porque hacía solo lo que amaba y eso se lo recordaba el corazón. Se dedicó solo a vivir y no le quedó tiempo para otra cosa.

 
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  Autor: INGRID MATTA 20/06/2018
  Luisito, lo que se amó nunca se pierde, permanece en el corazón y en el recuerdo; tú, que eres extensión de este hermoso ser que fuera Doña Soledad, estás en el derecho de sentirte honrado por la deferencia de elegirte como hijo y en tu puesto de hijo por habernos mostrado en cada instante todo cuanto aprendiste de ella en tan corto tiempo.
Te abrazo desde mi alma