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Autor: Pla Ventura
15/08/2018
PASAN LOS AÑOS

A

medida que discurren los años, para cualquier ser humano es la hora del balance; sin duda, en el peor de los casos, un motivo de reflexión. No es prudente irse uno al otro mundo no sin antes haber hecho un repaso exhaustivo por la vida de cada cual. Yo diría que sería reconfortante. Irse uno para siempre sin antes saber quién ha sido, tristemente, debe ser algo muy decepcionante. La partida será inevitable para todos pero, marchémonos sin el menor atisbo de amargura, con la conciencia tranquila y, a poder ser posible, con la satisfacción del deber cumplido.

¿Qué hice mal? ¿Cuánto pude haber hecho mejor? ¿He sido capaz de perdonar a cuantos ofendí? ¿He sido feliz? ¿En realidad mi vida ha tenido sentido o he vagado por el mundo? Miles de preguntas nos podríamos hacer que, con toda seguridad muchos nos haremos y, la tristeza no será otra que no encontrar la respuesta adecuada, en realidad, la que nos satisfaga por completo.

Es cierto que, a medida que pasan los años, de forma inevitable uno ve que le queda poquita “gasolina en el tanque” como diría Facundo Cabral y, no es tiempo de banalidades puesto que, éstas es mejor recordarlas en nuestra época de juventud.Ahora es tiempo para la paz y el sosiego; tiempo de preparación para el último viaje que, será cuando Dios lo decida, pero por favor que nos encuentre en paz con nosotros mismos.

Es tiempo de pedir perdón y, sin duda, de gozar de todo aquello que has ganado honradamente en la vida. Cumplir años proporciona una paz infinita; el cuerpo se cansó, lógicamente por el paso de los años pero la mente sigue viva, despierta, con enormes deseos de razonar ante lo que uno ha vivido. Ahora, en esta época de mi vida, como en la de cualquier persona adulta, todo nos sobra; no pretendemos etiquetas de ningún tipo y, mucho menos en lo que a la ropa se refiere; todo nos sobra porque comprendimos que todo lo dejaremos aquí, como el carpintero que dejará su martillo, por citar una axioma al respecto. Todo lo dejaremos aquí, por tanto, gocemos de lo que tenemos que, nadie dice que sea mucha o poca riqueza material, pero sí de la espiritual que para eso hemos vivido.

En la vejez descubre uno su riqueza, sí. La vorágine de la juventud ya pasó; una juventud que muchos la quemaron de mala manera sin ser capaces de encontrar el rumbo adecuado para llegar a la vejez en paz consigo mismo. Uno es rico al comprender que pocas cosas que hay en el mercado le hacen falta; yo diría que casi nada. Siendo así, es el tiempo de la felicidad porque la dicha pasa siempre por saber administrar lo poco o mucho que uno tenga.

Como dije, si al final lo tenemos que dejar todo, es entonces cuando comprendemos que no necesitamos nada.¿Tengo más de lo que gané? ¿Logré de forma honrada aquello que ahora disfruto? Según mi capacidad e intelecto, ¿merecí más o quizás me quedé a la mitad del camino? En honor a la verdad, ¿merezco lo que tengo o lo que logré fue por motivos de la suerte? ¿Envidié lo que otros tenían mientras no me daba cuenta que la base de todo es el trabajo? ¿Cuánto tiempo perdí en estupideces mientras otros trabajaban? ¿Gané lo que en verdad produje?  Miles de preguntas podríamos hacernos todos y, sin lugar a dudas, de encontrar la respuesta adecuada a todas y cada una de ellas es cuando en verdad nos marcharemos tranquilos y en paz consigo mismo.

La gran tristeza de todo individuo no es otra que haber vivido creyéndonos inmortales; luego, la muerte, como realidad, es la que nos deja en el lugar que nos corresponde.

Deberíamos de vivir para enseñarnos a morir y, para nuestra desdicha, morimos estando vivos porque no somos capaces de afrontar nuestra realidad. La envidia ha sido la compañera maldita que nos acompañó en el transitar por la vida; pero todo era falta de entendimiento porque no fuimos capaces de comprender al triunfador; envidiábamos su fortuna, pero nunca reconocimos su trabajo. Nunca fuimos capaces de pensar que el trabajo y el amor nos dan licencia para todo. Muchos, de forma lamentable envidiábamos a los demás sin darnos cuenta de que nosotros no teníamos la capacidad que a otros les sobraba.

Esta es una reflexión en el camino, más bien, en el trance final de lo que uno ha vivido. Como decía, será cuando Dios lo disponga, pero debemos tener la certeza de que hemos sabido perdonar, por tanto, emprender el viaje con esa paz del alma que durante muchas veces nunca supimos encontrar. Recordemos que nos perdíamos en lo banal, lo estúpido, lo innecesario y, en este otoño dorado de nuestras vidas es cuando en realidad hemos comprendido nuestros errores que, asimilados como nuestros, ya es un éxito mayúsculo.

Nunca es tarde para empezar de nuevo porque mientras haya vida habrá esperanza. Lo que sí es conveniente es estar al acecho de aquello que pueda venir que, por razones de edad no es otra cosa que la última partida; ese viaje sin retorno que haremos todos. Al final, si logramos que la última persona que quede viva nos recuerde cada día de su existencia, es cuando habremos ganado la inmortalidad. No somos nada y, lo peor es que tras nuestro último viaje solo quedará un recuerdo de lo que fuimos e hicimos. La desdicha irreparable no será otra que se nos recuerde de mala manera; eso sí debe ser el infierno. Desde el otro extremo, si al marcharnos nos recuerdan con cariño, ahí sí que ganaremos la inmortalidad que antes decíamos.

Morir con la piel arrugada por aquello de la vejez es lo más normal del mundo; pero morir con el ama arrugada, eso sí debe ser lamentable y espeluznante. Analicemos nuestra vida y, lo más triste de todo es que el pasado no lo podremos cambiar pero, en el peor de los casos, dispongámonos para la partida con la mayor sensación de paz posible; los errores ahí han quedado pero, si como decía hemos sido capaces de perdonar y ser perdonados no todo está perdido.

Todos deberíamos hacer un análisis sobre nuestro pasado y, por supuesto, enmendar los errores cometidos. Incluso deberíamos dejar, como legado, unas letras de testimonio para los nuestros; en realidad, para que nuestros nietos sepan de la trayectoria del abuelo por la vida. He dicho el abuelo, ¡fantástico! Es la prueba evidente de que hemos vivido lo suficiente como para conocer a los descendientes de nuestros hijos que, para muchas personas, algo tan normal no lo pudieron lograr. Si hemos llegado hasta aquí, alabado sea Dios. A partir de ese momento ya todo es ganancia. ¿Pedir más? No tiene sentido. Más bien sería una locura.

Cuando lleguemos junto al Creador y nos pregunte qué hicimos con la felicidad, esa puede ser la pregunta clave. ¿Tenemos la respuesta preparada? Nadie nos preguntará por lo material pero sí, como digo, por la alegría con la que hemos vivido o hemos desperdiciado. No cometamos el peor de los errores cuando un determinado poeta se le preguntó al respecto y confesó sin rubor: “He cometido el peor delos pecados, no fui feliz” Marcharnos sin haber conocido la felicidad si debe ser una tragedia. Si no hemos sabido ser felices en la tierra, pocas esperanzas podremos albergar para serlo en la eternidad.

¿Cómo me trató la vida? ¿Qué hice yo para buscar mi suerte? ¿Fui para los demás lo que ellos pensaban? Más preguntas que, para cualquier indolente no tendrán sentido pero para todo aquel que quiera irse en paz, con toda seguridad que hay mucho que razonar. Sí, porque nos hemos pasado la vida hablando de la suerte y, como dije ¿qué hiciste tú para buscarla? Porque no podemos quedarnos todo el día sentados y pretender que la suerte nos sonría, algo que muchos así lo hicieron, justamente, los que se lamentan de la mala suerte.

La única mala suerte es una enfermedad a destiempo, es decir, cuando estás empezando a luchar para vivir con dignidad. ¡Eso sí es mala suerte! Todo lo demás, lo que hemos dejado para el azar atribuyéndolo a la mala fortuna, es un pretexto baladí para que convencernos a nosotros mismos de los errores que hemos cometido. Un día alguien me preguntó por mi suerte y le respondí con grito desgarrador: Mi suerte, como la de millones de personas pasa por el trabajo, el que me ha permitido vivir dignamente y criar a mis hijos de forma natural, sin locuras ni zozobras, justamente las que pasan todos aquellos que no tienen el trabajo como meta.

 
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