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Autor: Francisco Pérez Godoy
11/10/2016
PARA FACUNDO CABRAL

M

e sentía como en casa, como me sucedía casi con cualquier lugar de este esférico planeta achatado en los polos y con forma de naranja, como aprendí tardíamente en el particular modo de enseñanza del que fui tributario al abrigo de un cura, de esos de los buenos, de los santos, de esos que se hacen pan y se dan al pueblo como les enseñó su Maestro. 

Sí, es cierto que nunca tuve casa, pero sí tuve hogar, porque hogar es todo sitio material o inmaterial en el que sientes que cabes, donde tienes y haces lugar, donde te reconoces como parte de ese entorno. Es aquel lugar que parece casi una extensión de tu propio ser, en que tus límites parecen difuminarse y eres un poco una habitación, un jardín o una ventana especial que te da acceso a un mundo particular, como un privilegiado observador de la vida desde ese sitial.

Bueno, el caso es que no tuve propiedades como las entiende el mundo inmobiliario, que seduce con la ilusión de apoderarse de un minúsculo pedacito del casquete terrestre, haciéndolo parecer como un ancla a este mundo.

Quizás en cierta forma lo es, pero vivir anclado es también dejar de navegar, de conocer y recorrer aquella corteza que nos alberga desde siempre y por la que se disputan desde tiempos inmemoriales todos los vivientes.

Entonces me acostumbré a vivir en hoteles, de ahí el autodenominado apodo de “vagabundo de primera clase”, aunque en mi casa originaria, en compañía de mis siete hermanos y con una madre que se pelaba el lomo trabajando para sostener aquella camada, mi vida fue siempre la de un refugiado o un albergado. No la culpo; cómo podría hacerlo, pues se necesitaba una fuerza sobrehumana para realizar lo que ella llevó a cabo sola. Es que yo estaba destinado a otra cosa, a otra vida, al mitológico self made man, pero de este lado del orbe, donde se vive el eterno contraste hemisférico norte-sur de riqueza y pobreza, tristeza y oscuridad.

Pero no es de eso de lo que quiero hablar. A los nueve años ya hablaba con un Presidente y prodigué trabajo para mi madre y como contraste, a los catorce recién aprendía a leer. Poco después conocí el reformatorio, porque la fuerza descontrolada, la violencia que corría como una alocada manada de bestias en mi interior, me llevaba a destruir y rechazar todo aquello que aún no consideraba mi hogar. Quizás el problema era que todavía yo no me hacía hogar de mí mismo, y cobijarme en mi propia existencia fue algo que apaciguó mi alma, tal como un potro salvaje que se va domesticando con el cariño de la mano sobre su pelaje, pero también con la dureza de la montura. 

Era aún de madrugada cuando salimos del hotel en el estupendo coche, acompañados por el organizador de mi presentación en aquel lugar. Nos dirigíamos al aeropuerto La Aurora después del concierto de la noche anterior, en que varios centenares de personas habían aclamado mis antiguos éxitos y coreado varios de ellos conmigo. 

Mi cuerpo reclamaba últimamente desde diversas localidades a causa de estas giras; desde la cordillera vertebral con su topografía resquebrajada, desde el vientre, que guarda aquel traicionero y escondido órgano que se precia de ser “todo carne”, el páncreas, casi imposible de mirar agazapado allá atrás y que me había apuñalado desde adentro unos años antes. 

También mi mirada estaba muy desgastada, oculta detrás de esos lentes que la eclipsaban intencionalmente, para no ser visto con ese gesto de los párpados entrecerrados y el cuello medio estirado como una tortuga, intentando atisbar aquello que es más fácil tomar con la mano. Como hacía mi querido amigo escritor del barrio de Palermo Viejo. 

En cierto punto de la vida, nos damos cuenta de que no es tan malo quedar un poco sordos y tener que usar lentes para ver de cerca, porque después te tendrán que arrancar lo opaco desde dentro del mismísimo centro de tu mundo, tu mirada. Nos volvemos opacos, perdemos la transparencia y la innata generosidad del tiempo de chiquillos y nos encerramos cada vez más en nosotros mismos, dejando de escuchar o malentendiendo lo que oímos. ¿Pero por qué dije que no es tan malo perder el oído y la visión? Quizás porque aquello nos va reduciendo, nos adentra insensiblemente con aquella respetuosa y compasiva didáctica del tiempo en la lección de la finitud, de la miseria que vendrá, del sufrimiento que quizás no valga la pena ver o escuchar. 

Así, al final del recorrido, quedará por dar sólo un pequeño paso, el único posible, como el de Armstrong, pero en este caso será el pequeño y último paso para nuestra doliente humanidad personal y uno cuántico para ese hombre que se disocia definitivamente. Bueno, allí iba yo, con mis ojos hipotecados por los años de luz, mi espalda doliente y mis cavidades viscerales con su inocencia perdida, habiendo conocido la traición por mi propia mano con aquel sibilino cáncer. 
Pero aun así mi garganta quería continuar declamando mi rupturista elegía, que lamenta la muerte del hombre a manos del hombre, del hermano, del congénere y de la inocencia traicionada ya no desde el interior sino desde todos lados.

Avanzábamos mientras el sol aún no quería despuntar en el intimidante horizonte tenebroso, farfullando una conversación de trivialidades y de cuentas por rendir de las funciones efectuadas que no me interesaba mayormente, sin saber que las cuentas, las cuentas de otros y sus ajustes llegarían a ser muy importantes y definitorias en los minutos que quedaban en mi contador. De pronto, el chirrido de un brusco frenazo, unas luces que hasta mis ojos casi inservibles pudieron detectar y luego el trance de la detención en un lugar curiosamente llamado La Liberación. 

Un breve instante de silencio, como aquellos que proseguían al final de mis canciones justo antes de que estallara el estruendoso aplauso de las multitudes, pero que esta vez fue seguido del regular y ensordecedor tableteo de la metralla. Aquella paroxística eyaculación metálica requirió solamente de un dedo que apretara el gatillo, para que el arma casi por sí sola hiciera el resto. Vomitó su oscura y caliente descarga, ganosa por atravesar el espacio como una bandada de aves salvajes en inmediata migración, atravesando las láminas de acero y vidrio que nos envolvían y, sin saberlo yo, supuestamente nos blindaban. 

Recuerdo bien aquellas fracciones de tiempo como si fueran las más importantes de mi transcurso vital, junto con aquellos momentos en que fui arrojado a este mundo, en una calle de mi ciudad, desde el precario albergue corporal de mi madre. Imaginé aquellas partículas en una disputada carrera por ser la primera en entrar en el inviolable espacio al que eran enviadas, como espermios de un engendro ominoso que tomaba venganza de no sé qué oscuras disputas que yo desconocía, pero que ya venían en camino para preñarme de un corto dolor y otorgarle una quietud y frialdad finales a mi cuerpo. Para entregarme una estática preñez de silencio eterno, de recuerdos desvanecidos, para convertirme otra vez en esa nada de la que alguna vez surgí, quizás mi único y auténtico hogar.

Creo que si bien no las esperaba como algo previsible o deseable, en esa infinitesimal instancia me hice a la idea de su repentina llegada y decidí aceptarlas, acogerlas como saetas fulgurantes enviadas por una cadena de eventos, que como un rosario universal enlazaba todos los hechos de bien y amor y todos los de odio y maldad del cosmos, que encontraban su raíces en el mismísimo Paraíso perdido, al pie del infausto árbol del que se desprendió aquel ilícito fruto. Presentí que aquella gestación de muerte sería la muerte de todos los hombres en mi persona. 

Una pequeña crucifixión a escala. El crujido del vidrio de mi ventana y el tañido de las láminas de acero de la carrocería me recordaron el intenso chillido metálico de los rieles que se retuercen con sufriente gozo al recibir las pisadas de las omnipotentes ruedas de reluciente acero, las que a su vez soportan los vagones atiborrados de almas con todas sus cargas, todo aquello envasado como una gran lata de conservas. 

Tres luciérnagas de fuego penetraron en mi personal cosmos sin pedir permiso ni tocar a la puerta. Irrumpieron como un vendaval que descerraja un santuario vetusto pero querido, profanando lo poco de santo que aún quedaba en él. La primera saeta se insinuó quemante hacia ni cabeza. Mis descoloridos cabellos chisporrotearon una inútil alerta para chamuscarse al momento ante su letal proximidad y sin dar tiempo a mayores presentaciones, el bólido proyectil ya hurgaba en mi carne como un barreno que se hunde en una madera reseca (casualmente llamada tabla externa) que cruje al ser vencida su ínfima resistencia, sin siquiera percibir el dolor. 

Esa es la clemente magia de su alocada entrada, que niega el permiso a la sensibilidad para gemir por la grotesca intromisión, que avanza instantánea por la esponjosa capa de hueso y rompe sin más la otra tabla, la interna, aquella que conoció más de cerca el susurro de mis pensamientos más tiernos y nobles y de los más oscuros y sórdidos también. 

El caos de infinitas descarga eléctricas en miniatura, como frenéticos teletipos, testimoniaban el impacto contra mi indestructible acorazado, anunciando que era el momento de mirar los botes para abandonar la nave siniestrada sin demora.
Aquel aerolito quedó alojado en la profundidad de mi memoria, de mi conciencia y de mi inconsciente, desperdigando en forma inmediata las tranquilas aves de la orilla de mis más variopintos deseos, pensamientos e ideas, habitantes consuetudinarios de aquel balneario de las expectativas y del futuro, ahora urgidos en fuga con cerval temor.

El repelente monstruo marino varado en la playa de mi consternada mente, espantaba hacia las profundidades insondables y definitivas mis sumergidos miedos, pecados y culpas. La ruptura de los diques de mis letras y melodías también fue instantánea, salpicando el interior de aquel ahora carruaje mortuorio, conformando una personal constelación en su techo y dejando un reguero rojizo que corría como lava que brota a borbotones. 

A esas alturas, los otros dos enviados de la muerte poco tenían que hacer, pero defendían su cometido más allá de meros simbolismos, para adentrarse uno de ellos en la caja que contiene el aire y que me había permitido ser el fuelle sonoro de los postergados, los pobres y los desesperados, como yo mismo fui una vez. Aquella flecha se abrió camino rozando el eterno motor que todo impulsa y todo lo propulsa, el que seguía bombeando más y más, descargando su ígneo contenido. El soplo del fuelle ya se extinguía, emanando de él un postrero e insignificante estertor, rugiente representación final de mi voz, esta vez sin público que coreara ni aplaudiera. 

La tercera piedra de David golpeó de lleno una mano, rompiendo huesos, rasgando tendones y abrasando la diestra, aquella pública y conocida amante de mi guitarra y sus cuerdas, a quien acariciaba y pulsaba haciéndola emitir orgásmicos gemidos que templaban mi canto y que junto con la otra mano amante, recreaban el más maravilloso concubinato que mi arte hubiera podido desear. 

Ahí yació por unos pocos y eternos instantes, en aquella Liberación inesperada, el violento, el desvalido, el generoso, el anárquico y el artista; simplemente el que yo soy, o más bien el que fui, tendido como un árbol talado por sorpresa que cae en forma estrepitosa y que no entiende que ha sucedido, porque él sólo intentaba dar sombra. Como él, yo tampoco comprendía este absurdo final inesperado, pero de repente, en su última exhalación, el amanecer dio paso al día y el cielo se abrió derramando su represa luminosa; entonces todo tuvo sentido.

Al darme vuelta no me sentí como un moribundo, sino extraordinariamente liviano. A través de la ventana rota el Presidente me miraba con una serena sonrisa, y abrió sus brazos en gesto de reencuentro cuando de nuevo le pregunté, ¿y… hay trabajo? 

 
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